Introducción:

Queridas hermanas y queridos hermanos, estamos nuevamente en un domingo maravilloso, en el cual hacemos un alto en el ruidoso mundo material para compartir esta conferencia que humildemente os hago presente en el día de hoy referente a un tema sumamente interesante y del cual hablaremos quizás una pequeña parte, pues su desarrollo completo supondría una inversión horaria muy superior a la que aplicaremos para el día de hoy.

 

Se aclara además que este trabajo ha sido preparado en base a otros aportes preparados amorosamente por queridos hermanos de esta Fraternidad que han dado su punto de vista particular sobre el tema y agregando un pequeño toque personal en cuanto a opinión se refiere. No pretende ser el único punto de vista válido sobre el tema, sino simplemente dar una exposición sincera sobre esta maravillosa herramienta de evolución que es el “Perdón”

 

Tenemos presente El Perdón en las sagradas escrituras, podemos recordar también La Doctrina del Perdón de los pecados que nuestro señor El Cristo nos enseño, mediante el arrepentimiento, que es el que nos libera de los efectos negativos de nuestros errores, también lo es el hecho de que solo se llega aun arrepentimiento real mediante la comprensión y a ésta mediante un verdadero trabajo espiritual el cual nos aporte crecimiento o expansión de conciencia, razón por la cual hemos de vigilarnos para no caer en trampas de la mente que nos llevan a creer que el entendimiento racional es comprensión. Y que a una simple promesa es un verdadero arrepentimiento. Este conocimiento profundo nos ayuda a destruir ilusiones de la mente y los hechizos del cuerpo de deseos, constituidos en formas mentales y emocionales sostenidas quizás durante siglos. A estos hitos mis queridos hermanos hemos de verlos como poderosos cepos que nos atrapan en un punto de nuestro sendero espiritual y evitan que avancemos. Haremos pues bien en reflexionar paciente y persistentemente acerca de cada una de nuestras experiencias presentes, porque recordemos que estamos siempre bajo Ley de Dios que es la Ley de Causas y Efectos y por el solo hecho de conocer ciertas teorías filosóficas, o por haber estudiado cierta cantidad de libros, lo que quizás nos haya permitido dar algún pasito en el sendero, esto no nos exonera de ninguna manera ni mucho menos al cumplimiento de esta Ley.

 

El Maestro no nos preguntará que libros hemos leído sino que hemos hecho al respecto, que servicio amoroso hemos prestado a los demás bajo la Luz del entendimiento y el equilibrio al que logremos llegar entre la mente y el corazón, con la mente abierta, la oración sincera, el servicio y el Amor.

 

La Fraternidad Universal que tanto anhelamos solo se alcanzará cuando todos los seres humanos hablen de todas las cosas, en un lenguaje común, cuando exista la bondad pura en sus corazones, la benevolencia y la justicia, para ser UNO con el Padre de los Cielos, Gran Arquitecto de todo lo visible e invisible, a través del Maestro Jesús el Cristo.

 

Todos hablamos de una formula maravillosa con la cual fueron creadas todas las cosas existentes en el universo infinito esta formula maravillosa es el AMOR, pero recordemos las sabias palabras de nuestros amado Maestro cuando nos dijo:

 

“Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a vuestro enemigo.

Mas yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced el bien a los que os aborrecen y orad por los que os ultrajan y os persiguen;

Para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos: que hace que su sol salga sobre malos y buenos y llueva sobre justos e injustos.

Porque si amareis a los que os aman, ¿Qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos?

Y si abrazareis a vuestros hermanos solamente, ¿Qué hacéis de más? ¿No hacen también así los Gentiles?

 

Y humanamente nos preguntamos ¿Cómo hemos de hacer todo esto? ¿Cuál será la formula maravillosa que nos llevará a la consecución de tan elevados ideales? Pues bien mis queridos hermanos he aquí la herramienta a través de la cual podremos cumplir este precepto entregado por el Divino Maestro: “El Perdón”

 

Porque ¿Cómo podremos amar, hacer el bien y orar por nuestros enemigos, por los que nos maldicen y ultrajan sin antes haberlos perdonado?  Ahora bien ahondaremos en este punto el día de hoy.

 

1.- ¿Qué es perdonar?

 

Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española: Perdonar es, entre otras cosas:

 

a.- Dicho de quien ha sido perjudicado por ello: Remitir la deuda, ofensa, falta, delito u otra cosa.

 

b.- Exceptuar a uno de lo que comúnmente se hace con todos o eximirlo de la obligación que tiene.

 

c.- Renunciar a un derecho, goce o disfrute.

 

Está claro que, como hoy nos vamos a referir al aspecto moral de la acción de perdonar, nuestra definición es la primera:

 

“Dicho de quien ha sido perjudicado por ello: Remitir la deuda, ofensa, falta, delito u otra cosa.”

 

Y, en base a esa definición, el diccionario llama “perdón” a:

 

a.- La acción de perdonar.

 

b.- La remisión de la pena merecida, de la ofensa recibida o de alguna deuda u obligación pendiente.

 

c.- Indulgencia, remisión de los pecados.

 

Si descomponemos la palabra perdón en sus partes integrantes, nos encontraremos con que: el prefijo “per” significa “máximo” “superior” denota intensidad o totalidad, y el sustantivo “don” significa “dádiva” “presente” o “regalo”.

 

Así que, etimológicamente, al perdonar, hacemos un gran regalo, tanto al otro como a nosotros mismos.

 

Ahora bien, hemos tenido hasta aquí la definición mental literaria de lo que es el Perdón, ahora bien, dejemos hablar ahora al corazón, que en su dulce expresar nos dice que:

 

ü      “El perdón es la más alta expresión del amor y la más genuina”

ü      “El perdón es el sustento de la Vida”

ü      “El perdón es la fuerza restauradora y creativa”

ü      “Dios es Amor y Perdón”

 

2.-  Los grandes pensadores,

 Como es lógico, se han pronunciado frases célebres sobre el perdón, enfocándolo desde distintos ángulos. Vamos a reproducir algunos de sus conceptos:

 

“A perdonar sólo se aprende en la vida cuando a nuestra vez hemos necesitado que nos perdonen mucho.” Jacinto Benavente

 

“El perdón cae como lluvia suave desde el cielo a la tierra. Es dos veces bendito; bendice al que lo da y al que lo recibe.”  William Shakespeare

 

“Nada envalentona tanto al pecador como el perdón.” William Shakespeare

 

“El perdón es una decisión, no un sentimiento, porque cuando perdonamos no sentimos más la ofensa, no sentimos más rencor. Perdona, que perdonando tendrás en paz tu alma y la tendrá el que te ofendió. “ Madre Teresa de Calcuta

 

“El que es incapaz de perdonar es incapaz de amar.” Martín Luther King

 

“La espiral de la violencia sólo la frena el milagro del perdón.”  Juan Pablo II

 

“Los hombres que no perdonan a las mujeres sus pequeños defectos jamás disfrutarán de sus grandes virtudes.” Khalil Gibran

 

“Vengándose, uno iguala a su enemigo; perdonando, uno se muestra superior a él.”  Francis Bacón

 

“Un hombre bueno no sólo debe perdonar, sino también desear el bien a su enemigo, de igual manera que el árbol del sándalo, una vez abatido, baña con su perfume el hierro que lo hirió.” Ania, antiguo libro indio

 

“Los beneficios deben escribirse en bronce y las injurias en el aire.” Galileo Galilei, Opere, IX, 198).

 

“El perdón nace del alma generosa.” Maquiavelo, Pensieri XI, 7

 

“El perdón nos sitúa por encima de los que nos insultan.” Napoleón, Pensées

 

Con esto tenemos ya una idea, por lo menos gramatical, literaria y consuetudinaria, de lo que es el perdón. Pero nosotros, como estudiosos de la parte oculta de la religión cristiana y como filósofos, no nos podemos quedar ahí. Hemos de seguir profundizando para alcanzar un concepto un poco más exacto porque, sólo si se tienen las ideas claras se pueden luego utilizar correctamente.

 

Y, como se ha dicho anteriormente, nos queremos centrar en el aspecto ético o moral del perdón.

Vamos, pues, a pensar o, mejor dicho, a filosofar mis queridas hermanas y hermanos: Tras ver lo que se entiende por perdón, la primera pregunta que se nos ocurre es ésta:

 

 

2.- ¿Qué presupone el perdón?

 

A poco que reflexionemos, descubriremos que hacen falta cuatro elementos indispensables:

 

La ofensa, el ofendido, el ofensor y la intención de éste.

 

3.- ¿Y qué es la ofensa?

 

Está claro que la ofensa no es el ofensor en si, sino la consecuencia de cierta actuación de éste. Si yo dirijo a otro ciertas palabras, ¿qué es lo que, en realidad, estoy haciendo? Un acto. Pero, ¿un acto bueno o un acto malo? Y aquí sale al paso una nueva pregunta: ¿Es que hay actos buenos y actos malos per se? Shakespeare dice:”No hay actos buenos ni actos malos. Es el pensamiento el que los hace así”. A poco que pensemos, llegaremos a la conclusión de que un acto no es ni bueno ni malo en sí. No está en su naturaleza ser bueno ni ser malo. Es siempre aséptico. ¿Entonces? Nos falta algo. Algún elemento que haga que la acción de pronunciar esas palabras resulte buena o resulte mala. Y ¿cuál es ese elemento imprescindible? La intención, no cabe duda. Si yo golpeo a alguien sin querer, nadie pensará que lo he ofendido, aunque el acto sea el mismo que cuando quiera ofenderlo. Es, pues, mi intención de ofender o de dañar o humillar lo que hace que mi acto sea o no reprobable, por alterar o no la armonía anterior a su producción.

 

 

4.- ¿Quién ha de perdonar, a quién y qué?

 

En primer lugar el ofendido deberá perdonar al ofensor por su mala intención (si es que este la tuvo) la cual desembocó en un acto o no, por otra parte el ofensor, si no tuvo mala intención, tendrá que perdonar al ofendido la imputación que le hizo de tenerla.

 

“No se perdonan, pues, las consecuencias, sino las

Intenciones”

 

Que son las verdaderas responsables de aquéllas, y de la cadena de causas y efectos de ellas derivadas. Recordemos que ”El hombre mira las acciones, pero Dios mira las intenciones.” En tu ánimo, muéstrate al Señor. Porque el hombre mira el rostro, pero Dios mira el corazón.

 

Cuando hablemos, pues, de perdonar o de perdón, recordemos que hemos de perdonar la mala intención, si existió, de nuestro ofensor, que siempre se deberá a una de las infinitas variantes de las siete manifestaciones del egoísmo: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia o pereza.

 

5.- ¿Cómo se perdona?

 

Es una buena pregunta, porque la gente a veces tiene el tema bastante confuso. La cuestión en realidad es: ¿Se debe sólo perdonar al ofensor o se debe también olvidar la ofensa? Si pensamos sobre el tema y, si sabemos que nacemos para aprender, para desarrollar nuestro amor y nuestra compresión de las leyes naturales y de nuestros semejantes, habremos de concluir que debemos perdonar al ofensor, pero debemos también recordar la lección de vida. O sea, que hemos de perdonar, pero no olvidar, lo cual no quiere decir que le guardemos rencor al ofensor – pues de ser así no lo habríamos perdonado - sino que tengamos presente el hecho y sus resultados o, mejor aún, la enseñanza que de ese hecho y sus resultados se ha derivado, la esencia de lo vivido, para actuar en consecuencia en el futuro, evitando ser ofensor y perdonando a los ofensores. Pero no hemos de recordar ni el incidente en sí ni al ofensor. Ésa es la manera correcta (de acuerdo a este análisis) de pasar por la vida aprendiendo lecciones y no resentimientos ni odios ni venganzas.

 

6.- ¿Y qué efectos produce el perdón?

Ya a primera vista nos damos cuenta de que podemos perdonar a los demás o a nosotros mismos. Por lo tanto, vamos a estudiar ambas posibilidades, con sus efectos correspondientes.

 

a.- Perdonar a los demás produce los siguientes efectos:

 

- Nos libera de odios y rencores, lo cual disuelve las desarmonías internas y restaura la armonía entre nuestros vehículos.

- Libera al ofensor de tensiones íntimas y de remordimientos.

- Ayuda al ofensor a recapacitar y tratar de mejorar.

- Nos eleva a lo alto. Y, si nos acostumbramos a perdonar, nos hace permanecer en lo alto y no ver lo opuesto, aunque para los demás resulte patente. Y ello nos hace felices.

- Aumenta nuestra comprensión de los demás.

- Incrementa nuestra capacidad de amar al prójimo.

- Incrementa nuestra tolerancia.

- Despierta nuestra tendencia a la colaboración pues, en nuestro fuero interno, sabemos que somos “el guardián de nuestro hermano.”

- Desarrolla nuestro sentido de la fraternidad al ser conscientes de que nosotros también fallamos y, por tanto, todos somos iguales en ese sentido, ya que necesitamos del perdón.

- Aumenta el conocimiento de nosotros mismos.

- Nos hace comprender y comprobar que toda ofensa que se nos hace no es más que una ocasión de perdonar que se nos brinda. Y esa comprensión incrementa nuestra gratitud hacia lo alto.

- Fomenta la amistad entre ofendido y ofensor.

- Nos inclina a la oración, a pedir por nuestro ofensor y a solicitar luz y fuerza para seguir siendo capaces de perdonar en el futuro.

- Despierta o desarrolla nuestra tendencia y nuestra capacidad de ayuda hacia los demás.

 

No quiero dejar de decir que la ciencia ha demostrado que podemos producir nuestras propias drogas, sin tener que sembrar amapolas, marihuana o comprar cocaína.

 

El cerebro, movido por las emociones, produce sustancias químicas que hacen que la persona eleve su autoestima, experimente sensación de euforia, se sienta animada, alegre y vigorosa, sin necesidad de tomar, inyectarse o fumar nada.

 

Estas sustancias, que produce el cerebro, y denominadas hormonas endógenas (ya que se producen en la corteza cerebral) bien podrían llamarse "drogas de la felicidad". Algunas de ellas son:

La Oxitocina, que se produce cuando existe un amor pasional y se relaciona con la vida sexual.

La Dopamina, que es la droga del amor y la ternura.

La Fenilananina, que genera entusiasmo y amor por la vida.

La Endorfina, que es un transmisor de energía y equilibra las emociones, el sentimiento de plenitud y el de depresión.

La Epinefrina, que es un estímulo para el desafío de la realización de metas.

Si hay abundancia de estas hormonas endógenas, hay inteligencia emocional e interpersonal; la persona se siente ubicada, sabe quién es, a dónde va; controla sus emociones, conoce sus habilidades y sus talentos y se siente dueña de sí

misma.

 

¿Cuándo y cómo se crean estas drogas internas?.

 

Se realizó un análisis bioquímico a la sangre de la Madre Teresa y se halló que era una persona altamente “dopamínica”, es decir, plena y feliz.

¿Cómo se desarrolla esta condición? A través del servicio amoroso y desinteresado a los demás.

 

Otros descubrimientos como éstos que podemos mencionar: Cuando una mujer va a dar a luz, se vuelve altamente dopamínica; es decir, genera una cantidad enorme de dopamina (la droga del amor y la ternura).

 

Cuando estamos enamorados, la dopamina aumenta 7000 veces su cantidad normal, acompañada de la oxitocina, responsable de la pasión sexual, y de las fenilananinas, responsables del entusiasmo, bloqueando el aspecto de la lógica y la razón. En los recién “Felizmente Casados”, se produce gran cantidad de oxitocina, que es responsable del amor pasional. Por eso ellos irradian felicidad, se sienten plenos, alegres y motivados.

 

Como vemos, la felicidad no es algo vago e impreciso, ni una sensación nebulosa: es el efecto de un flujo correcto de sustancias químicas que proporcionan al ser humano su equilibrio físico y psíquico. Pero no nos engañemos: todo ello se origina más arriba, en el cuerpo de deseos. Y las hormonas endógenas sólo son el vehículo o instrumento que el espíritu utiliza para manejar el cuerpo físico, del modo deseado, a través del cerebro.

 

Las drogas de la felicidad, pues, no se consiguen en el exterior, sino que son creadas mediante una vida llena de amor, entrega, optimismo, ejercicio, satisfacción personal ante el logro de metas, vocación y devoción por lo que se hace. Y, claro está, el perdón que es uno de los mejores medios. Todos podemos y debemos, pues, volvernos adictos a estas drogas de “fabricación casera.”

 

 

b.- Perdonarnos a nosotros mismos produce los siguientes efectos:

 

- Nos obliga a desentrañar nuestros procesos internos y a conocernos mejor.

- Nos demuestra que somos falibles y débiles y que, por tanto, necesitamos mejorar y nos hace falta el perdón tanto como a los demás.

- Restaura la armonía perdida entre nuestros vehículos. Nos hace sentir en paz con nosotros mismos y con los demás.

- Nos hace aprender rápidamente las lecciones derivadas de nuestras actuaciones, con lo que avanzamos más deprisa en nuestra evolución.

- Nos obliga a, una vez comprendido lo negativo de nuestra actuación, esforzarnos por no reincidir.

- Si somos capaces de sentir todo el dolor que hemos producido, de nuestro átomo simiente desaparece ese acto nuestro, ya que hemos aprendido la lección que la ley natural pretendía enseñarnos. Con ello, nuestra estancia en el Purgatorio, en su día, será más breve. En eso consiste el Ejercicio Diario de la Retrospección que a todos los miembros de la Fraternidad Rosacruz se nos recomienda realizar cada noche, antes de dormirnos, repasando nuestra conducta, en todos los sentidos, durante la jornada que acaba.

 

Pero, ojo: Para perdonarnos a nosotros mismos, para que se borre del átomo simiente del cuerpo físico, son necesarios dos requisitos: el sincero arrepentimiento y el sincero propósito de enmienda, más, si procediese, la restitución de lo sustraído. Y, fijémonos: “arrepentimiento y propósito de la enmienda”. Pero, ¿del acto o de la intención? Está claro que de la intención, porque ello llevará consigo lo primero. Y ha de ser así porque no cabe engañar a nuestro átomo simiente. No sirven la disculpa ni la excusa ni la justificación. El átomo simiente ha grabado fiel e imparcialmente todo lo sucedido en nuestro pensamiento y en nuestras emociones así como en nuestro entorno, con toda exactitud, de modo que nos resulta imposible ocultar ni falsear nada. Por eso el arrepentimiento ha de ser sincero, verdadero; y por eso el propósito de la enmienda ha de ser sincero y honesto. De otro modo, los pecados seguirán en el átomo simiente y, cuando llegue el momento, en el Purgatorio tendremos que experimentar todo el daño que hicimos.

 

7.- Base filosófica: ¿por qué hemos de perdonar?

 

Todos somos espíritus virginales semejantes, con conciencia grupal y, aunque evolucionemos independientemente unos de otros, no dejamos de formar un organismo único, como las células de nuestro cuerpo, aún siendo distintas unas de otras, constituyen un todo único.

 

Todos estamos evolucionando y, para ello, nos necesitamos unos a otros. Nadie puede evolucionar estando solo. Todos cometemos errores y hemos de ir aprendiendo a base de cosechar lo que vamos sembrando, con la ayuda de los demás que, unas veces son ofensores y otras ofendidos. Debido a que el mundo es un todo armónico y que todos nuestros actos influyen positiva o negativamente en ese todo, el bien que hagamos lo disfrutan todos y el mal que hagamos lo sufren todos. Debido a lo que antecede, cuando algo nos molesta de otro es que ya lo hicimos y lo superamos. Y, como somos “los custodios de nuestros hermanos”, hemos de ayudar al otro a aprender la lección que nosotros ya aprendimos. Sólo a los seres perfectos no les molestan las imperfecciones de los demás. Aquí procedería estudiar un aspecto muy importante de nuestra vida de relación, que es la génesis del resentimiento, elemento casi ignorado pero básico del luego necesario perdón. Veamos este asunto brevemente:

 

Aunque no nos demos cuenta de ello, cada uno de nosotros estamos totalmente aislados de los demás. Somos un mundo, creado por nosotros mismos. No tenemos más comunicación con el mundo exterior que las vibraciones que de él nos llegan a través de los cinco sentidos. Esas vibraciones, una vez recibidas por nuestro cerebro, son interpretadas y constituyen nuestro acervo de conocimientos sobre en mundo exterior. Esto no sería grave si sólo se refiriera a las cosas, a los

objetos. Pero se refiere también a las personas, a quienes se relacionan con nosotros, y a quienes, aunque no se relacionen, han llegado a nosotros a través de escritos, relatos o ideaciones. Y ahí reside el verdadero problema de la convivencia.

 

Porque, siéndonos imposible conocer de verdad cómo es cada semejante, no tenemos más remedio que hacernos una idea para poder convivir. Y esa idea la podemos extraer sólo de dos fuentes:

 

a.- De nuestro propio modo de ser, que es nuestra más fiable base de datos.

b.- De la experiencia anterior, derivada de relaciones con otros semejantes.

 

La idea, pues, que de los demás nos hacemos, aunque procediendo de dos fuentes distintas, no deja de ser una invención nuestra, una suposición, una hipótesis y, como tal, sin comprobación y, por tanto, muy expuesta a no resultar exacta.

Partimos, pues, cuando nos relacionamos con alguien (cónyuge, pariente, amigo, enemigo, extraño), de la idea que nos hemos formado de ella, atribuyéndole en base a los datos provenientes de las dos fuentes antes citadas de que disponemos, una serie de virtudes, de vicios, de defectos, de facultades, de dones, etc. pero que no dejan de ser una ideación nuestra.

 

En base a esa ideación y a esa atribución de virtudes, esperamos de esa persona determinados comportamientos derivados de ellas. Pero ¿qué ocurre si esa persona no responde a nuestras expectativas, que, como hemos visto, eran fruto de nuestra imaginación? Generalmente nos sentimos molestos y hasta ofendidos. Y, con ello, generamos lo que no es sino resentimiento. Porque, honestamente, no nos molesta tanto lo que nos haga como el que “nos haya fallado” o traicionado o desilusionado. Hay, pues, en esa reacción nuestra un muy importante componente subjetivo, egocéntrico e irracional, porque no es lógico atribuir, erróneamente, a otro una virtud que no tiene y luego ofenderse porque carece de ella y actúa a tenor de esa carencia. No es, pues, odio, lo que nace en nosotros. El odio es el culmen del resentimiento, pero éste es siempre la semilla. Suele ocurrir mucho con las parejas: en el momento del enamoramiento o de la atracción mutua, somos muy proclives a atribuir al otro todas las virtudes que nos gustaría ver en él. Y nos comportamos como si esas virtudes existieran- Pero, claro, el otro es como es y, llega un momento en que esa virtud que le atribuíamos resulta que no la posee y, entonces, nos sentimos defraudados, estafados, burlados, y nace nuestro resentimiento por el engaño de que creemos haber sido objeto.

 

Por eso nuestra filosofía nos recomienda aceptar a los demás “como son” y no como nos gustaría que fueran. Porque, si persistimos en sentirnos estafados por todas las personas que nos rodean y a las que habíamos atribuido virtudes por doquier, seremos desgraciados en todas nuestras relaciones de convivencia, llevaremos el resquemor o resentimiento con nosotros permanentemente y ese resentimiento degenerará en estrés, infelicidad y mal carácter que nos condicionarán más aún y nos harán, cuando echemos mano, en el futuro, de nuestra experiencia para juzgar a otros, atribuirles defectos o actitudes negativas que no posean pero que, imaginadas por nosotros, nos predispondrán para una convivencia nada agradable. Por eso, se nos recuerda también frecuentemente, que somos proclives a ver a los demás con el color de nuestro propio cristal, es decir con el color que nuestra experiencia y nuestras atribuciones gratuitas a los otros, nos hacen ver.

 

8.- ¿Qué hay sobre el perdón de los pecados en la confesión?

 

Con lo dicho hasta ahora, está claro que si no hay sincero arrepentimiento y sincero propósito de enmienda, los pecados siguen vivos en el átomo simiente y reclamarán su pago en el Purgatorio.

 

La absolución del sacerdote no puede nunca sustituir al arrepentimiento ni al propósito de enmienda, porque sería injusto. Por eso la iglesia dice que, aunque haya absolución, si no hay arrepentimiento y propósito de enmienda y, en su caso,

restitución, los pecados confesados no quedarán perdonados.

Lo que hace la absolución es ayudar al confeso, robustecer su espiritualidad y enfocar la energía evocada por el sacerdote sobre esas deficiencias manifestadas con los pecados confesados. Pero no logra el verdadero perdón.

 

9.- El supremo perdón fue el de Cristo en la cruz:

 

Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen.

 

¿Por qué si, como hemos visto, Cristo perdonó sus pecados a mucha gente, en el momento de la crucifixión pidió al Padre que los perdonase en lugar de hacerlo Él mismo? Porque Él, como víctima, - pero que conocía sus intenciones y su ignorancia del acontecimiento que estaban protagonizando - ya los había perdonado, pero pidió al Padre que los perdonase también porque ellos habían sido necesarios para la Redención que el Padre había previsto, y habían prestado con ello un gran servicio a la humanidad.

 

10.- ¿Qué relación hay entre el pecado y la enfermedad?

 

Es obvio que, si pensamos que “podemos” perdonar algo a alguien, es porque tenemos algo contra él. Por tanto, hay en nuestro consciente o en nuestro subconsciente, algo contra esa persona. Y ese pensamiento o ese sentimiento, si lo repetimos cada vez que pensamos en ella, crece y se fortifica en nosotros y nos distorsiona, cada vez más, la percepción de la realidad, y se enquista en nosotros y produce una desarmonía entre nuestros vehículos. Y, como esa tendencia nuestra va contra la ley natural, acaba creando en nosotros desazón y desasosiego y estrés que, en última instancia, terminan por manifestarse en el vehículo físico en forma de dolencia física.

 

Pero no sólo tenemos en nuestro consciente y en nuestro subconsciente resquemores o sentimientos contra los demás. También los tenemos contra nosotros mismos por cosas de las que nos avergonzamos y que desearíamos no haber hecho. Y esos remordimientos, más o menos soterrados, acaban también manifestándose en estrés, desasosiego, mal carácter y, finalmente, enfermedad. Toda enfermedad, pues, obedece a una falta de paz, y ésta a un desequilibrio interno y éste a una falta de perdón.

 

Si, cada día, nos repetimos durante la meditación y con toda seriedad: perdono a todos los que me han ofendido o dañado, de cualquier modo que haya sido, en el pasado o en el presente o puedan hacerlo en el futuro; y me perdono a mí mismo por lo que he hecho, dicho, pensado o deseado contra alguien y por los resquemores, aversiones y odios pasados y presentes,” sentiremos una gran paz, adquiriremos el hábito del perdón, desaparecerán nuestra angustia y nuestro estrés, nuestro entorno se hará placentero y nuestras enfermedades se resolverán satisfactoriamente. Porque la Ley del Perdón, predicada explícita y repetidamente por Cristo, es una Ley Cósmica y, como tal, no puede fallar.

 

Recordemos sino el pasaje evangélico en el que presentaron a Cristo un paralítico tendido en su camilla para que lo curase. Cristo lo miró y le dijo: Tus pecados te son perdonados. Los presentes, que no conocían los secretos del ocultismo, se

escandalizaron y entonces Cristo, para acabar de aclarar el asunto dijo: “¿Qué creéis que es más fácil, decir tus pecados te son perdonados o decir levántate y vete a tu casa? Pues para que veáis que el Hijo del Hombre puede perdonar los pecados, tú, paralítico, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.”(Mateo 9:2-6).

 

¿Qué estaba ocurriendo? Ostensiblemente, que el paralítico se había arrepentido de sus pecados, es decir, había eliminado la causa de su enfermedad y Cristo, visto ese arrepentimiento, lo liberó de su dolencia, que ya no tenía razón de ser. Con ello demostró la equivalencia, por un lado, entre pecado y enfermedad y, por otro, entre arrepentimiento y salud. Y, de paso, demostró que, si las dos cosas – perdonar los pecados y curar al enfermo – son lo mismo, son igual de fáciles ambas, aunque parezca más difícil curar – porque se ve con los ojos físicos – que perdonar.

 

 

EL PERDÓN

 

El odio y el afán o deseo de venganza, son como un lastre en el fondo del alma, como una herida abierta que nos impide actuar con libertad, como una amarra que nos hace imposible elevarnos por encima de nuestra vibración más negativa, como un dolor sordo e inacabable que nos dificulta hasta la respiración.

 

El perdón, en cambio es la liberación, la rotura de las cadenas, la elevación a las alturas del alma, la sanación milagrosa de la herida siempre abierta, la pérdida de lastre, la superación del dolor permanente. El perdón nos proporciona un anticipo de la paz y la gloria y la luz y la felicidad celestiales.

 

Hay crisis profundas que vienen a nuestras vidas, trayendo una tristeza amarga como la hiel, hasta hacer que las lágrimas fluyan sin control. Podemos tambalearnos bajo el impacto de lo que ha pasado, de tal manera que perdamos el aliento, que no podamos comer y que el sueño se aleje de nosotros. Quizás hasta se desee escapar de la vida si hubiese alguna manera aceptable de hacerlo. Hay momentos en los cuales solamente seguir viviendo representa un gran triunfo.

 

Entonces, ¿Qué hacer? Creo que la respuesta se ilustra magníficamente en la analogía de la ostra, dentro de cuyo caparazón ha entrado un pequeño grano de arena.

 

¿De dónde proviene la magnífica perla? Comienza cuando el irritante granito de arena se mete entre los pliegues delicados de la ostra. Ésta, al sentirse herida, cierra su caparazón y empieza a segregar ese líquido llamado nácar con el que envuelve el granito de arena que la mortifica. La perla se forma por la reacción bondadosa de la ostra contra ese factor irritante: el grano de arena. Así que cuando la ostra es herida forma una perla.

 

Por alguna rara circunstancia, este minúsculo pedacito de piedra ha entrado dentro del corazón de la ostra y allí como un intruso extraño, impone dolor y angustia, y presenta un grave problema. ¿Qué puede hacer la ostra? Puede rebelarse abiertamente contra la soberanía de Dios; puede sacudir un puño en la cara de Dios y quejarse amargamente; ¿Por qué me tuvo que suceder esto? ¿Por qué debo sufrir tanto? ¿Qué hice para recibir esto? ¿Por qué, si hay millones de ostras en el mar, tuvo que meterse este granito en mi caparazón?

O la ostra puede decir: No hay justicia. Toda esa charla de un Dios de amor no es verdad. Ya que esta desgracia me ha sobrevenido, tiraré la fe, de todos modos no sirve de nada.

O la ostra puede decir: No puede ser cierto; no lo voy a aceptar. No hay tal cosa como dolor. Voy a ignorar a este grano de arena, y si lleno mi mente con pensamientos de belleza, verdad y bondad podré olvidar esta molestia.

 

Pero la ostra no adopta ninguna de esas actitudes. En cambio, reconoce la presencia del grano intruso, y en el mismo momento comienza a hacer algo: Lenta y pacientemente extiende sobre el grano de arena capa sobre capa, una sustancia blanquecina que cubre cada punta afilada y reviste cada orilla cortante del grano de arena y gradualmente, lentamente, paso a paso se hace una perla. Una perla es una crisis envuelta en algo de maravillosa belleza, es el fruto de un intenso sufrimiento que se soportó y que se labró pacientemente, es otro ejemplo de la grandeza nacida de la adversidad.

 

Igual, el hombre puede transformar el sufrimiento en gozo; y el dolor puede transubstanciarse en servicio altruista.

 

Así como las cometas se elevan contra el viento, el hombre puede elevarse cuando lo azota la adversidad. El dolor, en un alma grande, no es un sentimiento deprimente, sino un sentimiento vigoroso que lo eleva y ennoblece. Cuando el corazón es bueno, el dolor es saludable.

 

Sabemos que el sufrimiento no se puede evitar del todo. Pero podemos echar mano de un antídoto, del bálsamo consolador de la gracia de Dios que nos imparte consuelo, paz, fortaleza, paciencia, resignación y esperanza.

 

 

“Sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo”

(Efesios 4.31)

 

“Llenad pues vuestros corazones de Perlas …”

 

 

 

“Que las Rosas florezcan sobre vuestra Cruz”

 

 

 

 

 

 

Agradecimiento muy especial al Querido Hermano Francisco Manuel Nacher (Paco) de la Fraternidad Rosacruz de Madrid por su conferencia

“El Perdón – Que es y como funciona?”

que es la base del presente escrito…

 

Néstor Mena