EL REINO DE LOS CIELOS ( Segunda Parte)

 

La primera noción que podemos formarnos del Reino de los Cielos consiste  en que es un lugar donde se hace la voluntad de Dios. “Hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo”. Pero por lo general, la gente no solamente supone que la voluntad de Dios se hace en la Tierra, sino que el Cielo significa algún “más allá” que vendrá después y al que entrará, cuando muera, todo el que ha llevado una vida buena. Se lo contrasta siempre con la idea del Infierno.

 

         También se considera el Infierno, no como un estado que el hombre puede alcanzar en la tierra, sino como un lugar hacia el cual van los malos cuando mueren. Muchas de las más importantes ideas de los Evangelios se toman de esta manera, como si se tratase de un después en el tiempo. No las relaciona con el hombre que vive en la tierra “ahora”, o sea con el hombre que existe en el momento presente.

 

         Pero, en distintos momentos, el hombre que vive en la tierra ahora puede hallarse en un estado mejor o peor. Puede subir o bajar verticalmente, o puede ver las cosas desde un nivel superior o inferior. Todos nos damos cuenta de eso. Y estas alzas y bajas, estos momentos de visión interior o de oscuridad que caracteriza la vida de todos, nada tiene que ver con el tiempo ni con el “más allá”. Son estados que el hombre es capaz de lograr en sí mismo, ahora, Corresponde a un movimiento vertical, que asciende y desciende en el hombre mismo.

 

         Cuando la persona se encuentra en un mal estado, como es el de la sospecha, todas las cosas se conectan de un modo. Cuando las circunstancias cambian ese estado, la persona la ve de un modo muy distinto. Pero el futuro de una persona que se halla en un estado de sospecha, no yace en el tiempo sino en ella misma, en la persona, con relación a sus otros estados o niveles de entendimiento. No yace en ningún después, en el mero correr del tiempo, sino que estriba en un cambio en sí mismo. De modo que en el hombre hay siempre dos futuros; uno, en el correr del tiempo; otro, en un cambio en su estado interior.

 

         Y es acerca de este futuro interior, acerca de este estado en el hombre, que trata casi todo lo que dicen los Evangelios. Ordinariamente la gente cree que el tiempo es progreso, y que el mero correr de días, años y siglos producirá un mejor estado de cosas. O, cuando piensa en sí mismo cree que todo será distinto el próximo año. Pero es difícil  que esto sea así. La vida permanece la misma. Y nada mejora a medida que la persona envejece. El Tiempo no es el factor que produce la transformación del nivel general de la vida ni del individuo.

 

         Pero hay una ilusión profundamente arraigada y que obra en todos nosotros. Mañana será otro día: mañana todo será distinto; mañana será mejor. Tan compleja es esta ilusión que resulta casi imposible desembrollar de ella toda la serie de pensamientos y emociones que la penetran. De un modo u otro, esta es la ilusión que gobierna a la humanidad en general y a las personas en particular. Al hallar que la vida es tan difícil e imposible de entender, todos sienten que hay una puerta abierta: el mañana. Todo hombre piensa muy sincera y realmente que mañana se le presentará la oportunidad de hacer lo que ha de hacer, esquivando así el peso que lo abruma. Este es un peso que siente la inmensa mayoría; es el peso de la propia incompetencia. Todos esperamos el auxilio del mañana.

 

         Pero, hay que destacar, que al pensar en su vida, la gente lo hace en término de pasado, presente y futuro. Piensan en términos de tiempo y no de estado. De modo que les resulta muy fácil creer que con el tiempo lograrán otro estado. Si imaginamos el tiempo en un diagrama, como una línea horizontal, y que represente pasado, presente y futuro, la vertical que penetra en el hombre en cualquier momento del tiempo indica la posibilidad de un estado superior o inferior en ese momento. Si queremos entender algo de los Evangelios, esta imaginaria línea vertical que indica los posibles estados del hombre, es la idea que tenemos que considerar. Pues, los Evangelios tratan íntegramente acerca del logro de estos estados superiores de sí mismo. Pero no en el sentido del mundo, sino en el sentido de la propia vida. No en el mañana ni en algún más allá, sino ahora.

 

         En las palabras de Cristo; “si no os arrepintiereis, o sea, si no cambiáis de manera de pensar, todos pereceréis así mismo”; hallamos una de las ideas más profundas de la enseñanza psicológica de los Evangelios. Enseñan que es posible lograr una transformación radical, permanente. Pero el hombre no puede alcanzar un nivel superior en sí mismo y permanecer en él, a menos que haya construido en sí, una conexión de ideas, que gradualmente lo eleve por sobre su nivel actual. En ese sentido, la idea del Reino de los Cielos, es una idea suprema. Representa el Bien más elevado. Se encuentra por sobre la vida visible, por encima de la verdad material y de las teorías físicas

 

          Aunque se la conciba débilmente, da una nueva dirección a la mente del hombre, crea nuevas conexiones en sus pensamientos y sentimientos y abre nuevos medios de comunicación en su entendimiento. La idea de la propia evolución, la de la transformación de la mente, y la idea del Reino de los Cielos, todas están conectadas y tienen una relación entre sí. Lo que tenemos que entender es que a fin de que esta evolución y transformación propia comience, el hombre tiene que dejar de correr en pos de las pruebas que le aportan los sentidos. Ha de dejar de ver en la vida externa todo el significado de su propia vida; también ha de dejar de hallar este significado fuera de sí mismo.

 

         La idea del reino de los Cielos se encuentra en otra dirección. El hombre ha de volver la espalda al mundo y verse a sí mismo. Muchas de las parábolas de los Evangelios tratan de esto, y una de las más significativas es la del Hijo Pródigo. Inmediatamente antes de esta parábola, Jesús habla de la importancia del arrepentimiento. Dice a quienes lo escuchan que “habrá más gozo en el cielo de un pecador que se arrepiente,  que de noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento. Esta gran parábola demuestra como el hombre vuelve en sí, tras haberlo buscado todo en la vida, y cambia de dirección.

 

Pero la gente la relaciona con una idea literal de derroche de dinero, o un malgasto de su heredad. Imaginan a un joven reducido a la miseria y comiendo las algarrobas de los cerdos. No piensan que esta parábola hace referencias a ellas mismas, a las personas, y que hace referencia al estado psicológico en que ellas mismas se encuentran, a un estado de perdición en que la persona efectivamente anda perdida. Es un estado al que llegamos todos. Un estado en el que el hombre se pierde a sí mismo, y en el que todas las formas externas de la vida, todas las exterioridades, le nutren tan poco como las algarrobas de los cerdos.

 

         Se ha dicho que una parábola es una comparación. Su sentido físico o sensual es una cosa; su verdadero significado yace en un nivel superior a los sentidos. El significado de una parábola siempre es psicológico; jamás literal ni físico. La parábola obra como un puente entre dos niveles de significado; el sensual y el psicológico.

 

         La parábola del hijo pródigo no se refiere a un joven que desperdicia su fortuna. Hace referencia a todo el que nace en la tierra. Pero la última parte no se refiere en forma alguna a todos, porque son muy contados los que se dan cuenta de su situación, y “vuelven en sí”. Ha de tenerse en cuenta que la parábola no dice que el hijo se arrepiente, sino que vuelve en sí, y al darse cuenta de su situación comienza a huir del poder de las exterioridades. En ninguna parte se habla de arrepentimiento, sino en una transformación del pensamiento, una manera enteramente nueva de encarar la vida.

 

         LA IDEA DE LA SELECCIÓN.

 

         En la enseñanza sobre el reino de los cielos y su relación a la humanidad en la tierra y que aparece en el capítulo XIII de Mateo, hay tres parábolas que siguen a las cuatro grandes ya estudiadas. Estas tres parábolas se refieren a la idea de selección. Una de ellas dice así: “Así mismo, el reino de los cielos es semejante a la red que, echada en la mar, coge toda suerte de peces: la cual estando llena la sacaron a la orilla, y sentados, cogieron lo bueno en los vasos, y lo malo echaron fuera. Así será el fin de los siglos: saldrán los ángeles y apartarán a los malos de entre los justos. Y los echarán en el horno del fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes” Mat. XIII, 47-50.

 

         Consideremos esta parábola con relación a aquellos pensamientos que surgen en la mente acerca de una falta de equidad o injusticia. Desde la primera parábola, todo cuanto se dice acerca del nivel superior del reino, parece injusto. Y claro está que el reino de los cielos no es algo que todo el mundo puede alcanzar en un ciclo particular de tiempo. Esto también queda claro en otras parábolas. Pero consideremos primero la parábola de la red y la separación de lo bueno y lo malo que entró en ella. La idea de la selección es muy obvia. Los buenos se guardan en vasos y los malos son echados afuera. La misma separación de lo bueno y de lo malo aparece en la parábola del trigo y la cizaña. ¿Es injusta esta idea de selección? ¿No es justicia? ¿No es verdad que en la vida ordinaria la idea de la selección juega un papel preponderante? ¿No se selecciona a las personas para distintos trabajos? Se acepta la idea de la selección por medio de exámenes, pero no consideramos que sea injusto que algunos sean aprobados y otros no. Incluso se acepta la idea teórica de la selección natural  por la supervivencia de los más aptos, y no lo consideran injusto. Una cosa come la otra.

 

La maleza lucha contra la planta. Y tampoco se espera que todas las semillas que se plantan en la tierra den el mismo fruto. A nadie le parece injusto que algunas semillas germinen y otras no.

 

 En todas las formas de la sociedad humana trabaja la selección. En todas las manifestaciones de la habilidad humana los habrá mejores y peores, tiene que haber; y hay; una selección de los mejores.

 

Toda la educación humana se basa en el principio de selección de los mejores. Injusto es el hecho que una cosa esté donde no le corresponda. En breve, cuando se piensa en ella, no se puede separar el sentido de la justicia del sentido de la selección.

 

         Las otras dos parábolas son nuevamente sobre la idea de la selección, pero se refieren a la selección interior. Y aquí notamos que se utiliza la idea de compraventa. Para comenzar en este nivel personal, comprar significa tomar, y vender significa desprenderse de algo.

 

         “Además, el reino de los cielos es semejante al tesoro escondido en el campo; el cual hallado, el hombre lo encubre, y de gozo de ello va y vende todo lo que tiene, y compra aquel campo. También el reino de los cielos es semejante al hombre tratante que busca buenas perlas; que hallando una preciosa perla, fue y vendió todo lo que tenía y la compró”. (Mateo 44-46).

 

         Estas dos parábolas se refieren al individuo. Tratan acerca de lo que el individuo tiene que hacer interiormente, en sí mismo, para ganar el reino de los cielos. Tiene que convertirse en un buen comerciante, en un buen mercader, y saber qué comprar y qué vender. Ahora bien. ¿de qué debe el hombre desprenderse principalmente? ¿Qué es lo que tiene que vender, antes de poder comprar? En Lucas XVIII: 22, se relata cuando el príncipe rico le preguntó a Cristo qué es lo que tenía que hacer para alcanzar un nivel superior de conciencia o el reino de los cielos. Cristo le dijo; “Vended lo que poseéis”. ¿Qué es lo que se debe vender? ¿De qué debe uno desprenderse? En la segunda instancia de lo ya citado, Cristo informa a sus discípulos de qué deben desprenderse, y esto es la ansiedad. Les dice que nada podrán hacer mientras estén sujetos a la “ansiosa perplejidad”, lo que en griego literalmente significa, “tener una mente dividida”.

 

         Les dice; ¿Y quién de vosotros podrá con afán añadir a su estatura un codo? Pues ni podéis aún lo que es menos, para qué estaréis afanosos de lo demás. Mas procurad el reino de Dios y su justicia y todas estas cosas os serán añadidas. (Estas cosas por las cuales sufrís ansiedad) Lucas XII,25,26,31. Aquí vemos algo que el hombre tiene que vender, a fin de poder comprar la perla o el tesoro. Tiene que vender, o sea desprenderse, de algunos de los aspectos de sí mismo, y vendiéndolos puede ganar lo suficiente para comprar aquello que más valoriza. La idea que se expresa en estas dos parábolas no puede ser clarificada, a menos que se comprenda que a fin de poder evolucionar hacia el reino de los cielos, el hombre debe, antes que nada, desprenderse de ciertas cosas en sí mismo. Tiene que venderlas,  lo que significa que tiene que desprenderse definitivamente de ellas. Únicamente así, habrá lugar para lo que es nuevo, únicamente en esta forma puede obtener los medios para poder comprar, o sea tomarse a sí mismo como algo propio.

 

         De tal forma, que desprendiéndose de muchas ideas erradas, de muchas maneras de pensar y de sentir, de muchas ansiedades inútiles, vendiéndolas, el hombre se encuentra en una situación como para comprar lo que verdaderamente quiere.

 

 No puede comprar nada nuevo a menos que, primeramente, venda; y a través de esta venta, obtenga el “dinero” para poder comprar. En las dos parábolas  analizadas, el mercader y el hombre que encontró el tesoro, representan a aquellos que vendieron todo lo que tenían antes de comprar lo que verdaderamente querían.

 

La parábola final de las siete que introducen el significado del reino de los cielos, y que se dan en el capítulo XIII de Mateo, es aquella acerca de la red lanzada al mar y que recogió peces de todas clases y los ángeles separaron los buenos de los malos. Cristo pregunta luego a sus discípulos si han comprendido todo lo que les ha enseñado en estas siete parábolas del reino de los cielos y de su relación con el hombre en la tierra. Para sorpresa nuestra, los discípulos dicen que sí, que han comprendido.

 

         Cristo pregunta a sus discípulos: ¿habéis entendido todas estas cosas? Y ellos responden, “Sí, Señor”. La respuesta es extraordinaria. ¿Cómo podrían haber entendido todas estas cosas? ¿Quién puede entender todos los misterios del reino de los cielos, cuando es tan difícil captar siquiera un vislumbre de uno de sus significados? Y debemos recordar que a los discípulos les era especialmente difícil entender el reino en cualquier sentido que no fuese un reino puramente literal sobre la tierra. Esto era lo que todos esperaban. A un gran rey que gobernase sobre la tierra y exaltase su nación hasta alcanzar un poder supremo. Este era el sueño judío acerca del Mesías prometido. ¿Cómo podrían haber entendido que el reino de los cielos era acerca de la Verdad y de la virtud interior? ¿Cömo podían haber entendido que se trataba de un cambio interior, del desarrollo del espíritu íntimo del hombre, que el hombre se capacita a sí mismo para entrar en él, en esta y en la próxima vida mediante una evolución de todo su ser psíquico, o sea por la evolución de toda su mente, de todo su amor, de toda su voluntad, de toda su comprensión? De estos cambios es de donde nace el hombre del reino. Esto era lo que Cristo enseñaba. Esta era la razón por la que Cristo habló que el hombre tiene que nacer de nuevo interiormente antes que pueda ver el reino.

 

         Pero los discípulos pensaban que hablaba de un reino terrenal y que ellos, en función de su raza, ya eran “los hombres del reino”. Pensaban que Cristo iba a ser un grande y terrible rey en la tierra, y que pronto lo demostraría. ¿Cómo podían entender entonces el significado de las primeras siete parábolas que les dio Cristo acerca de los misterios del reino? ¿Cómo podían satisfacer sus ambiciones terrenales? Sin embargo, cuando Cristo les preguntó si habían entendido “todas estas cosas”, ellos respondieron “sí”. Pero no debemos imaginarnos que Cristo les creyó. Por eso les dice inmediatamente después de su afirmación: “Por eso, todo escriba docto en el reino de los cielos, es semejante a un padre de familia, que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas”, Mateo XIII, 25.

 

         Con estas palabras Cristo les demuestra que ellos no comprenden. Y debido a que ellos respondieron “si” es que Cristo comienza diciendo: “Por esto todo escriba....”. Les ha enseñado por primera vez algo acerca del reino de los cielos en su significado verdadero y espiritual y ellos ya piensan que lo comprenden, así como todo el mundo piensa que puede comprender cualquier cosa una vez que se le dice. Pero todo cuanto acababan de oir acerca del reino les era completamente nuevo. No tenían nada que ver con las ambiciones terrenales.

 

Toda la idea del reino enseñada por Cristo les era completamente nueva. ¿Cómo podían entenderla? Todo estaba colocado en un nivel superior de entendimiento. No se trataba de un reino terrenal, externo, literal, de un reino de este mundo. El reino de los cielos estaba dentro de ellos. Estaba sobre ellos. Estaba por encima del nivel de la clase de gente que ellos eran, por encima o sobre ellos mismos, como un paso en su posible y propia evolución individual. Pero como podían entender esto? ¿Cómo podían entender  que el reino yace en la evolución interior del propio ser? Sin embargo, respondieron que sí habían comprendido. De suerte que Cristo les dijo; “Por eso todo escriba docto en el reino de los cielos es semejante a un padre de familia que saca de sus tesoros cosas  nuevas y cosas viejas”.

 

         Tomemos nota que a los discípulos del reino; o sea, quienes están aprendiendo algo acerca de su significado, se les llama aquí “padres de familia”. Como tales, mezclan lo nuevo con lo viejo. No comprenden esta enseñanza completamente nueva, sino que la mezclan con sus antiguas opiniones, con sus antiguas actitudes, y con los pensamientos ya almacenados en su mente. La palabra traducida como “tesoro”, significa almacén o depósito. De estos depósitos sacan lo nuevo o lo viejo. Aquí podemos admitir cierta conexión con aquella parábola sobre el vino nuevo en odres viejos. Con estas explicaciones Cristo demostró claramente que lo nuevo no podía mezclarse con lo viejo.

 

         “Nadie mete remiendo de paño nuevo en vestido viejo; de otra manera el nuevo rompe y al viejo no conviene remiendo nuevo. Y nadie echa vino nuevo en cueros viejos; de otra manera el vino nuevo romperá los cueros, y el vino se derramará y el cuero se perderá. Mas el vino nuevo en cueros nuevos se ha de echar; y lo uno y lo otro se conserva. Y ninguno que bebiere del añejo, quiere luego el nuevo, porque dice, el añejo es mejor."

 

         Si el hombre mezcla lo nuevo con lo viejo, lo nuevo pierde su poder sobre él. Las opiniones viejas, los viejos valores, los cariños viejos, todo lo cimentado en la vida de todos los dias, en la tradición, en las apariencias productos de los sentidos, destruye la nueva enseñanza. Quita su fuerza a lo nuevo. Por esta razón, al final del capítulo XIII de Mateo, se agrega la notable historia de cómo Cristo que representa lo nuevo, no tenía ningún poder sobre aquellos que eran de su propia tierra, de su propio país, y que todo lo veian a través de sus viejas asociaciones. Y este relato únicamente puede entenderse en los términos de los comentarios de Cristo a sus discípulos. Aquellos entre quienes había nacido, lo vieron por asociación, en la forma vieja y como el hijo del carpintero.

 

         “Mas Jesús les dijo: No hay profeta sin honra sino en su tierra y en su casa. Y no hizo allí muchas maravillas a causa de la incredulidad de ellos”, Mateo XIII. Cosa bien clara es que Cristo, y todo lo que el representaba como lo nuevo se encontró con lo viejo: y la fuerza de lo nuevo quedó impotente. De manera que este pasaje lo podemos comprender como una ilustración de lo que Cristo ha dicho a sus discípulos; en él demuestra que lo viejo no puede recibir lo nuevo, y lo hace indicando que el mismo no pudo manifestar su poder entre sus antiguos amigos ni entre su propia familia.

 

         Hemos visto una línea de significados a todo  lo registrado en el capítulo XIII de Mateo, y hemos visto que todo encaja en un marco común de significado. Finalmente, hemos visto que la respuesta afirmativa de los discípulos, creyendo que comprendían, demuestra lo contrario, demuestra que no comprendían, y una vez que en el hombre se siembre la semilla del reino de los cielos, cambia desde el comienzo mismo y queda mezclada con las antiguas opiniones y las antiguas maneras de pensar, de tal forma que la cizaña crece  juntamente con el trigo.

        

         Para terminar, analicemos la parábola del hombre que llega al reino de los cielos sin traje de bodas. Dice Mateo XXII, 2-14: “El reino de los Cielos es semejante a un hombre rey que hizo bodas a su hijo: y envió sus siervos para que llamasen los llamados a las bodas; mas no quisieron venir. Entonces dice a sus siervos: Las bodas a la verdad están aparejadas, mas los que fueron llamados no eran dignos. Id pues a la salida de los caminos y llamad a las bodas a cuanto hallareis. Y saliendo los siervos por los caminos juntaron a todos los que hallaron, juntamente malos y buenos, y las bodas fueron llenas de convidados. Y entró el Rey para ver los convidados, y vio ahí a un hombre no vestido de boda. Y le dijo; Amigo, ¿cómo entraste aquí no teniendo vestido de boda? Mas él cerró la boca. Entonces el Rey  dijo; atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y crujir de dientes. Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos.”

 

         ¿Quiénes eran los invitados? Tómese nota que fueron hallados a la salida de los caminos. Uno de ellos no tiene traje de boda. El hombre alcanza cierta comprensión. Comprende hasta cierto punto. ¿Va a continuar en pos de aquello que comprende? Llega a la salida de los caminos. Ha recibido intelectualmente lo que se le enseñó, porque para llegar a la “salida de los caminos”, tiene que haber recibido cierta enseñanza. Puede haber predicado, puede haber persuadido a miles con su retórica. Pero, ¿cree interiormente aquello que enseña exteriormente?

 

Este hombre se encuentra sin traje de bodas, y no lo tiene porque no tiene intención alguna en creer lo que ha dicho. Aparenta ser bueno, cariñoso, sufrido, paciente y caritativo. Utiliza las palabras apropiadas. Engaña a todos. Puede mostrar cualquier virtud. Pero interiormente no cree en nada. Todo es teatro externo. Se advierte su falta de creencia interior. Internamente está desnudo. Un traje de boda significa desear la unión. La boda es la unión de aquello que está más allá de uno mismo, y no con uno mismo. Esto sólo puede venir del interior del hombre en cada cual. El hombre sin traje de bodas es todo egoísmo, todo apariencia, todo reputación. Todo cuanto hace lo hace para sí. No ama a nadie sino a sí mismo. Es un actor, un hipócrita. Exteriormente parece que cree lo que dice. Interiormente no cree en nada. De tal manera que interiormente no tiene un traje de boda. No quiere que su ser se una a lo que enseña. Porque no tiene ninguna bondad en sí mismo. Aunque enseñase la Verdad, no se uniría a ella.

 

Queridos hermanos; es Jesús el maestro de una nueva y superior justicia. Nos muestra el mensaje del Reino de los Cielos. Enseña a los hombres el arrepentimiento y el seguir la vida según el Reino que está en cada uno de nosotros, que está en el corazón del hombre. No vino a predicar dogmas ni fórmulas mágicas, ni a establecer determinadas instituciones que asfixien el espíritu religioso en la conducta humana.

 

Nos trajo algo incomparablemente más trascendental, el Reino de Dios y su Justicia, del cual todos los hombres son igualmente herederos. Nos trajo la remisión de nuestros pecados y la salvación de la vida humana, como consecuencia necesaria del conocimiento y la fidelidad a la Ley Divina.

 

         Todo lo abarca su amor. Viene a cumplir y no a derogar. No viene a juzgar, sino a salvar al mundo. En las instrucciones que dejó a sus discípulos confirmó que la verdadera esencia de su mensaje era el amor a Dios y el amor al  prójimo. No invalidó su repetida manifestación de que el Reino de Dios y su Justicia relacionaba al hombre con Dios y con su prójimo, de forma que el  orden social se apoyase en la fraternidad y en la justicia.

 

Fue el primer hombre que conoció claramente que Dios encarna y mora en el corazón humano, el primero que conoció su divina filiación; y fue, por lo tanto, capaz de revelar la divina paternidad de Dios y la divina filiación del hombre.

 

         En Jesús está el conocimiento de la armonía entre lo divino y lo humano, manifestada en su propia vida y en el camino que nos señaló, sellándolo luego con su propia sangre.

 

         Jesús es el mediador entre lo humano y lo divino, el Salvador. La verdad que enseñó realza la mente y la conducta de los hombres a su divino ideal, redimiéndolo y disponiéndolo a entrar en el Reino del Padre.

 

         Queridas hermanas y hermanos; que las mejores rosas que bordean el sendero que conduce al Reino de los Cielos, florezcan sobre vuestras cruces.

 

ARQ.ADOLFO ROJAS SILVA

Septiembre- 2005

Asunción - Paraguay