Meditaciones de Domingo de Pascua

Para dar inicio a esta conferencia voy a dar primeramente un enfoque general de lo que conocemos como “Pascua” en cuanto a su etimología y significados.

Según el diccionario de la Real Academia Española el término Pascua deriva del lat. vulg. pascŭa, este del lat. pascha, este del hebr. Pesah, infl. por el lat. pascuum, lugar de pastos, por alusión a la terminación del ayuno y se refiere a:

1. Fiesta la más solemne de los hebreos, que celebraban a la mitad de la luna de marzo, en memoria de la libertad del cautiverio de Egipto.

2. Fiesta solemne de la Resurrección del Señor, que se celebra el domingo siguiente al plenilunio posterior al 20 de marzo. Oscila entre el 22 de marzo y el 25 de abril.

3. Cada una de las solemnidades del nacimiento de Cristo, del reconocimiento y adoración de los Reyes Magos y de la venida del Espíritu Santo sobre el Colegio Apostólico.

4. Tiempo desde la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo hasta el día de Reyes inclusive.

 

En Wikipedia, enciclopedia libre en Internet encontramos que La pascua: (←páscae(latín)πάσχα(griego)← פסח [pésaj](hebreo), 'paso' )? es un término religioso para designar a la máxima celebración judía y cristiana.

 

La Pascua judía o fiesta del paso

Artículo principal: Pésaj

Los judíos celebran la Pascua (pésaj), para conmemorar su escape del cautiverio de manos de los egipcios (aproximadamente en el año 1250 a. C.).

El pésaj judío se origina en la historia contada en la Torá, en la que Yahvé mató a todos los primogénitos de los egipcios. Esta era la última de las plagas enviadas por Dios en contra del Faraón de Egipto y su pueblo por su negativa de liberar a los hijos de Israel.

 

La pascua católica

La Pascua de Resurrección es la celebración cristiana que conmemora la resurrección de Jesucristo. La fecha de celebración varía entre el 22 de marzo y el 25 de abril, ya que tiene lugar el domingo inmediatamente posterior a la primera Luna llena tras el equinoccio de primavera, y se debe calcular empleando la Luna llena eclesiástica; sin embargo, ésta casi siempre coincide con la Luna llena astronómica, de modo que para efectos de cálculo es generalmente válido emplear la más tradicional definición astronómica. Por ello puede ser tan temprano como el 22 de marzo, o tan tarde como el 25 de abril.

 

La pascua ortodoxa

Los 200 millones de cristianos ortodoxos del mundo utilizan un calendario diferente al de la iglesia católica romana y las iglesias evangélicas, razón por la cual la celebración es en una fecha distinta. La celebración usualmente es acompañada de oraciones en las iglesias y cenas tradicionales con cordero, pero en algunas partes del mundo ortodoxo, a veces se celebra con fuegos artificiales e incluso disparos al aire.

 

La pascua en culturas antiguas

Desde varios milenios antes de nuestra era, en las culturas mediterráneas, al principio de la primavera (en esta época de marzo) se hacía una fiesta de varios días (hasta una semana) de duración en la primera luna llena de la primavera, por el “paso” del invierno a la primavera.

 

Con esto tenemos una idea etimológica y consuetudinaria de lo que respecta a la Pascua,  y que hoy lo veremos también desde el punto de vista oculto, desde el punto de vista cósmico, de cómo explica nuestro amado instructor Max Heindel este maravilloso evento planetario que año tras año se origina no solo en nuestro mundo, sino en todo ser que habita en el.

 

En el libro Recolecciones de un Místico que recopila escritos de Max Heindel encontramos información relevante sobre este punto:

 

En la mañana del Viernes Santo del año 1857, Ricardo Wágner, el artista consumado del siglo diecinueve, se hallaba sentado en la azotea de una villa suiza, al lado del lago de Zurich. El panorama que le circundaba se hallaba envuelto por una luz gloriosa de un día de sol diáfano: paz y buena voluntad parecía vibrar en toda la creación. Toda la naturaleza estaba saturada de vida y el aire estaba cargado con el perfume fragante de los bosques de pino, un bálsamo bienhechor para un corazón dolorido y una mente intranquila.

 

Entonces, de repente, llegó a lo profundo del alma mística de Wágner una remembranza del ominoso significado de aquel día -el más tenebroso y triste del año cristiano-. Este recuerdo casi le hundió en la tristeza más profunda, viendo y contemplando el contraste. Había tal marcada incongruencia entre la sonriente escena que tenía delante de él, la actividad patente y observable de toda la natura, luchando por la renovación de su vida después del largo sueño letárgico del invierno y la lucha de la muerte del torturado Salvador en una cruz.

 

Mientras Wágner meditaba de este modo sobre las incongruencias de la vida, se le ocurrió la siguiente pregunta: ¿Hay alguna relación entre la muerte del Salvador sobre la cruz en la Pascua y la vital energía que se expresa tan pródigamente en la primavera cuando la naturaleza empieza a vivir su vida un nuevo año? Aunque Wágner no concebía ni comprendía conscientemente la total significación de la conexión entre la muerte del Salvador y el rejuvenecimiento de la naturaleza, sin embargo, había sin advertirlo dado en la clave de uno de los misterios más sublimes que ha encontrado el espíritu humano en su peregrinaje desde hasta Dios.

 

En la noche más oscura del año, cuando la tierra duerme más placentera en los brazos del frío boreal, cuando las actividades materiales están en su grado más inferior, una oleada de energía espiritual lleva en su cresta la divina creadora "Palabra desde el Cielo" para un "nacimiento místico" por Navidad y como una luminosa nube, el impulso espiritual flota sobre el mundo "que no lo conoció", porque, "brilla en la oscuridad" del invierno cuando la naturaleza está paralizada y muda.

 

Esta divina "Palabra" creadora trae un mensaje y tiene su misión. Nació para "salvar al mundo" y "para dar su vida por el mundo". Debe por necesidad sacrificar su vida con objeto de conseguir el rejuvenecimiento de la naturaleza. Gradualmente se "entierra por sí misma en la Tierra" y comienza a infundir su propia energía vital en los millones de semillas que permanecen dormidas en la Tierra. Esta energía susurra también la "palabra de vida" en las orejas de los animales y de los pájaros hasta que el evangelio de la buena nueva ha sido predicado a todas las criaturas. El sacrificio se consuma totalmente en la época en la que el Sol "cruza" su nodo oriental en el equinoccio de primavera. Entonces la divina Palabra creadora expira; "muere sobre la cruz en la Pascua" en un sentido místico, a la vez que exclama en un grito triunfante: "consumatum est". Ha sido consumado.

 

Pero al igual que el eco vuelve a nosotros muchas veces, así también el canto celestial de vida es repetido por la Tierra. Toda la creación se asemeja a una antena. Un coro de una legión de lenguas lo repite sin cesar. Las diminutas semillas en el seno de la Madre Tierra comienzan a germinar; se rompen y brotan en todas las direcciones y pronto un maravilloso mosaico de vida, una carpeta de verdor aterciopelado bordada con flores multicolores, reemplaza la inmaculada mortaja blanca invernal. Desde el animal de piel, hasta las aves de pluma, todas las tribus animadas responden y repiten el eco de la "palabra de vida" como un canto de amor que las impele a aparearse. La generación y la multiplicación es la consigna en todas y por todas partes "el espíritu ha resucitado" a una vida más abundante. De este modo, místicamente, podemos ver el nacimiento anual, la muerte y la resurrección del Salvador, como el flujo y reflujo de un impulso espiritual que culmina en el solsticio de invierno, Navidad, habiendo tenido su egreso desde la Tierra, un poco después de Pascua con ocasión de la "palabra" ascensión a los cielos en el domingo de Pentecostés. Pero no puede permanecer allí para siempre. Se nos ha dicho que "de allí retornará", "para el juicio". De este modo, cuando el Sol desciende por bajo del Ecuador, cruzando el signo de Libra en el mes de octubre, cuando los frutos del año están cosechados, distribuidos y acondicionados según su clase, el descenso del espíritu del nuevo año principia, culminando su descenso con el nacimiento de la Nochebuena.

 

El hombre es una miniatura de la Naturaleza. Lo que pasa en una gran escala en la vida de un planeta como nuestra Tierra, toma lugar en menor grado en el curso de la vida del hombre. Un planeta es el cuerpo de un maravilloso y exaltado Ser, uno de los Siete Espíritus ante el Trono (del padre Sol). El hombre es también un espíritu y "hecho a su imagen y semejanza". Al igual que un planeta revuelve en su cíclico paso alrededor del Sol, del cual ha emanado, así también el espíritu humano se mueve en una órbita alrededor de su central origen, Dios. Las órbitas planetarias, como son elipses, tienen puntos de mucha aproximación de una desviación extrema de sus centros solares. Igualmente la órbita del espíritu humano es elíptica. Nosotros estamos en estrecho contacto con Dios cuando nuestras jornadas cíclicas nos llevan dentro de la esfera de actividad celeste, el cielo, y nos vemos más separados de Él durante nuestra vida terrestre. Tales cambios son necesarios para el desarrollo de nuestra alma. Al igual que los festivales del año marcan los sucesivos acontecimientos de importancia en la vida de un Gran Espíritu, así también nuestros nacimientos y muertes constituyen sucesos de ocurrencia periódica. Es tan imposible para el espíritu humano el permanecer perpetuamente en el cielo, o sobre la Tierra, como lo es para un planeta el permanecer estacionado en su órbita.

 

La misma inmutable ley de periodicidad que determina la ininterrumpida sucesión de las estaciones, la alternancia de la noche y del día, y el flujo o reflujo de las mareas, gobierna también la progresión del espíritu humano, ya en el cielo o sobre la Tierra. Desde los planos de luz celestial donde vivimos en libertad, sin las limitaciones del tiempo, ni del espacio, donde vibramos al unísono con las armonías infinitas de las esferas, descendemos para nacer en el mundo físico, donde nuestra vista espiritual se halla oscurecida por el ropaje mortal que nos aferra a esta limitada fase de nuestra existencia. Nosotros vivimos aquí un poco, después morimos y ascendemos al cielo, para volver a nacer y morir otra vez. Cada vida terrestre es un capítulo en la serie de la historia de una vida, extremadamente humilde en sus comienzos, pero aumentando en interés e importancia según ascendemos a estados más y más elevados de responsabilidad humana. No es posible concebir un límite porque en esencia todos somos divinos y debemos, por lo tanto, desarrollar todas las posibilidades de un Dios durmiente que está latente en nosotros.

 

Cuando hayamos aprendido todo lo que este mundo debe enseñarnos, una órbita más ancha, una esfera mayor de utilidad sobrehumana nos dará ocasión de emplear nuestras capacidades.

 

"Construye, alma mía, mansiones más estables. Conforme se deslizan los tiempos y abandona tu inferior paso abovedado. Haz que el nuevo templo sea más noble que el último, sal del cielo con una cúpula más vasta, hasta que por fin estés en libertad, dejando tu concha por un mar de vida sin reposo."

 

Así dice Oliver Wendell Holmes, comparando la progresión en espiral con el caparazón enroscado que se va ensanchando, gradualmente, cada vez más de un caracol, con la expansión de conciencia que es el resultado del desarrollo del alma en un ser humano evolutivo.

 

"¿Pero qué hay acerca de Cristo?, quizá pregunte alguno. "¿No cree usted en él? Usted está disertando acerca de la Pascua Florida, la fiesta que conmemora la cruel muerte y la gloriosa, triunfadora resurrección del Salvador, pero no obstante, parece que usted le considera a Él más desde un punto de vista alegórico, que desde un hecho real."

 

Ciertamente nosotros creemos en el Cristo; le amamos con todo nuestro corazón y toda nuestra alma, pero deseamos patentizar la creencia de que Cristo es el primer fruto de la raza. Él nos dijo que nosotros haríamos las cosas que Él hizo y, "aun mayores". Así,  pues, nosotros somos Cristos en formación.

 

"Aunque Cristo nazca en Belén mil veces, y no dentro de ti, tu alma se perderá. La cruz del Gólgota buscas en vano, al menos que en ti mismo se eleve."

 

Esto proclamó Angelus Silesius, con una verdadera intuición mística de los requisitos esenciales para el logro de nuestros deseos.

 

Estamos muy acostumbrados a buscar a un Salvador externo mientras que albergamos en nuestro pecho un demonio, pero hasta que Cristo se forme en nosotros, como dice San Pablo, le buscaremos en vano, puesto que al igual que nos es imposible el percibir la luz y el color, aunque se hallen a nuestro alrededor, a menos que nuestro nervio óptico registre sus vibraciones, y así  como también permanecemos inconscientes del sonido cuando el tímpano de nuestro oído está insensible, así también permaneceremos ciegos de la presencia de Cristo y sordos a su voz, hasta tanto que no elevemos nuestras durmientes naturalezas espirituales internas.

 

Pero una vez que estas naturalezas hayan sido despertadas, ellas sentirán el Amor del Señor como una realidad primordial, puesto que se basa en el principio de que cuando se hace vibrar a un diapasón, otro de igual temple comenzará a vibrar también si está colocado a una distancia conveniente, mientras que dos diapasones de distinto temple permanecerán mudos al ser herido uno cualquiera de ellos. Por todo lo cual, Cristo dijo que Sus ovejas conocían el sonido de la voz de El y respondían, pero que no oían la voz del extraño. (San Juan 10:5). No importa nuestra filiación religiosa, o nuestros credos, todos somos hermanos de Cristo y así regocijémonos ¡el Señor ha resucitado! Busquémosle, pues, a Él y olvidemos nuestros credos y otras diferencias de menor cuantía.

 

En el Libro “Enseñanzas de un iniciado” en el capítulo XXI encontramos que el nuestro amado instructor Max Heindel nos dice así:

 

Es una verdad real y positiva que "en Dios vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser". Fuera de Él no podríamos existir; vivimos por y a través de Su vida; nos movemos y actuamos por y por medio de Su fortaleza. Es Su fuerza la que sostiene nuestra morada, la Tierra, y sin sus esfuerzos, sin vacilaciones, sin mudanzas y sin dudas, el Universo mismo se desintegraría.

 

Se nos ha enseñado que el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios y estamos dados a suponer que con arreglo a la ley de analogía, estamos en posesión de ciertas fuerzas latentes dentro de nosotros mismos, las cuales son similares a aquellas que vemos, tan poderosamente manifestadas, en el trabajo de la Deidad en el Universo. Esto nos da un interés especial en el drama cósmico anual que envuelve la mente y la resurrección del Sol. La vida del Hombre-Dios, Jesucristo, fue amoldada de conformidad con la historia solar y refleja de una manera idéntica todo lo que puede suceder al Hombre-Dios, el cual, este Jesucristo profetizó, diciendo: "Las obras que yo hago las haréis también vosotros, y aún más grandes serán las obras que vosotros haréis; donde ahora voy no podéis ir vosotros, sino que me seguiréis después."

 

La naturaleza es la manifestación simbólica de Dios. Nada hace ésta en vano o arbitrariamente, sino que hay un propósito definido detrás de cada acción. Así pues, debemos estar alerta y pensar detenidamente en los astros de los cielos, porque ellos tienen un significado profundo e importante con referencia a nuestras vidas propias. La inteligente comprensión de tales finalidades nos capacita para trabajar más eficazmente con Dios en Sus esfuerzos maravillosos para la emancipación de nuestra raza de las ataduras de las leyes de la naturaleza, y mediante esta liberación llegar a la estatura de los hijos de Dios, coronados de gloria, honores e inmortalidad y libres del poder del pecado y de la enfermedad y sufrimiento, que ahora nos encadena y constriñe nuestras vidas, por la razón de nuestra ignorancia y de no aceptar ni conformarnos con las leyes de Dios. La finalidad divina demanda esta emancipación, pero para ser realizada bien por el largo y tedioso proceso de la evolución, o bien por el más inmensamente rápido sendero de la Iniciación, depende sobre la medida en que estemos dispuestos a prestar nuestra cooperación.

 

La mayoría de la humanidad pasa la vida de modo que aunque tiene ojos no ve, y aun con oídos no oye. Se halla absorbida en sus negocios materiales, comprando, vendiendo, trabajando y divirtiéndose sin una comprensión adecuada, o una apreciación de la finalidad de la vida y aunque le fuere descubierta es muy probable que no se adaptara ni conformara a ella, debido al sacrificio que todo ello implica.

 

Por esta razón no es de extrañar que Cristo se dirija especialmente al pobre, que Él dijera la gran dificultad que hay para que el rico entre en el Reino de los cielos, pues aun hoy día en el que la humanidad ha avanzado en la escuela de la evolución dos mil años desde aquella fecha, vemos que la gran mayoría todavía aprecia más sus casas y tierras, sus bellos sombreros y gorras, los placeres de la sociedad, bailes y banquetes que los tesoros del cielo que se hallan adornados con sacrificios y favores al prójimo. Aunque los hombres puedan intelectualmente percibir las bellezas de la vida espiritual, sus deseos se reducen a la nada ante sus ojos cuando se compara a estas bellezas con el sacrificio que envuelve su consecución. Al igual que el joven rico, ellos desearían seguir a Cristo si no hubiera que sacrificar tantas cosas. Prefieren mejor el abandonar al Maestro cuando se dan cuenta de que el sacrificio es la única condición requerida para poder entrar al Discipulado. Así pues, para ellos la Pascua es simplemente una estación de alegría porque indica el fin del invierno y el comienzo del verano, que permite hacer excursiones al aire libre y otros mil placeres.

 

Pero para aquellos otros que han elegido definitivamente el sacrificio de la abnegación y sacrificio que conduce a la liberación, la Pascua es el signo anual que les evidencia las bases cósmicas de sus esperanzas y aspiraciones, como San Pablo tan propiamente expresa, en aquel glorioso capítulo 15º de la primera Epístola a los Corintios. "Si Cristo no se levantara, entonces nuestros ruegos serían en vano, así como vuestra fe sería en vano también."

 

"Vosotros y yo hemos sido declarados como falsos testigos de Dios, porque hemos testificado que Dios ha resucitado a Cristo, quien no ha resucitado, si en verdad los muertos no resucitan."

"Porque si los muertos no resucitan, Cristo tampoco puede resucitar."

"Y si Cristo no resucitara, vuestra fe sería en vano y vosotros estaréis aun en vuestros pecados."

"Si en esta vida solamente hemos esperado en Cristo, de todos los hombres somos los más miserables."

"Pero ahora Cristo está elevándose de entre los muertos y tocamos los primeros frutos de aquellos que dormían."

 

Pero en el Sol de la Pascua, que en el equinoccio vernal comienza a navegar por los cielos del Norte, después de haber dado su vida por la Tierra, tenemos el símbolo cósmico de la verdad de la resurrección. Cuando lo consideramos como un hecho cósmico en conexión con la ley de analogía que enlaza el macrocosmos con el microcosmos, es una esperanza y seguridad de que algún día todos nosotros conseguiremos la consciencia cósmica y conoceremos positivamente por nosotros mismos y por propia experiencia de que no hay muerte, sino que lo que parece así es solamente una transición hacia esferas más perfectas.

 

 

 

Conclusión

 

La Pascua es pues un símbolo anual para robustecer nuestras almas en el bien obrar, para que podamos tejer el velo dorado nupcial que es necesario para convertirnos en hijos de Dios en el sentido más alto y más puro. Es literalmente verdad la de que a menos que "caminemos en la luz, al igual que Dios está en la luz", no estamos en la verdadera fraternidad; pero haciendo los sacrificios y rindiendo los servicios que se nos requiere para contribuir a la emancipación de la raza, estamos construyendo los cuerpos del alma de radiante amarilla luz, la cual es la sustancia especial emanada del y por el Espíritu del Sol, el Cristo Cósmico. Cuando esta sustancia dorada nos ha envuelto con suficiente densidad, entonces seremos capaces de imitar al Sol de la Pascua y navegar por esferas más elevadas.

 

Con estos ideales impresos firmemente en nuestras mentes, la época de la Pascua se convierte en una estación propicia para revisar nuestra vida pasada durante el año precedente y tomar nuevas resoluciones para la próxima estación con las cuales apresurar el desarrollo de nuestra alma. Es una  estación en la que el símbolo del Sol ascendente, nos debe conducir hacia una más sutil concepción del hecho de que somos peregrinos y forasteros en esta Tierra; que nuestro hogar verdadero como espíritus está en el cielo y que debemos esforzarnos en aprender las lecciones en esta escuela de la vida tan rápidamente como sea consistente en relación con un adecuado servicio, para que el día de la Pascua marque la resurrección y liberación del Espíritu de Cristo de los planos inferiores; para que podamos continuar mirando por la alborada de aquel día en que nos veamos perfectamente libres de los lazos de la materia, del cuerpo de pecado y muerte, juntos con nuestros hermanos de galeras, pues ningún aspirante sincero puede concebir una liberación que no incluya a todos los que se hallen situados en iguales condiciones.

 

Esta es una tarea gigantesca; la contemplación de ella puede acobardar al corazón más bravo y la que, si nos viéramos completamente solos, no podría ser realizada; pero las jerarquías divinas que tienen a su cargo la dirección de la humanidad por el sendero de la evolución, desde el principio de la carrera, están todavía activamente trabajando con nosotros desde sus mundos siderales y, con su ayuda, seremos capaces oportunamente para conseguir esta elevación de la humanidad en su totalidad y alcanzar una condición de gloria, honor e inmortalidad. Teniendo esta esperanza presente dentro de nosotros mismos para esta gran misión en el mundo, trabajemos con un mayor entusiasmo para hacernos mejores miembros de la sociedad, para que, con nuestro ejemplo, hagamos a otro despertar el deseo de llevar la vida que conduce a la liberación.

 

Queridas hermanas y Queridos hermanos, ¡Que las Rosas florezcan sobre vuestra Cruz!