Conferencia, leída el Viernes Santo

25 de abril de 2005.

 

 

MEDITACIÓN  DE  VIERNES  SANTO

 

 

¿A quién buscáis?  Le respondieron: A Jesús Nazareno. El les dijo: “Yo soy“

 

  Juan 18 –15

 

 

 

                                                                             

 

 

Así comienza un proceso que habría de culminar en el Gólgota tan sólo unas horas después. Allí en el monte de los crucificados, aquel que encarnara a Cristo hace 2000 años, sería clavado en la cruz hasta su muerte.

 

Tres años de enseñanza quedarían condensados en ese penúltimo acontecimiento de su existencia, cumpliéndose lo que – tal vez, de manera premonitoria- había anunciado:”… pero si un grano de  simiente se destruye, dará fruto al ciento por uno”

 

Veinte siglos más tarde el Hombre -aunque con cierto pudor- sigue haciéndose preguntas en torno al acontecimiento y no puede evitar un estremecimiento cuando los días lo traen a su memoria.

 

 

ANÁLISIS de algunos acontecimientos  de la PASIÓN DE CRISTO, a la luz de la Filosofía ROSACRUZ

 

El  cristiano místico acepta que todo hombre es un Cristo en formación. Que los principales hechos de la vida del Maestro entre la Anunciación y la Ascensión tienen una significación especial relacionada con la obtención de desarrollo espiritual. Comprende que cada personaje de la historia cuaresmal representa determinada fase de su propio desarrollo espiritual y que cada experiencia de esos personajes formará parte de su propia experiencia espiritual a medida que aprenda a ascender, cada vez, por el sendero de la santidad.

 

La Estación Cuaresmal es un tiempo de trabajo anímico, con el fin de prepararse para recibir el influjo de los Misterios Pascuales, lo mismo que la Estación de Adviento es un tiempo de preparación para la recepción de los Misterios Navideños La estación Cuaresmal es un período de cuarenta días que precede a la Pascua. Si bien esto está de acuerdo con el calendario, el cristiano místico comprende que hay un significado oculto en el valor numérico de este período. El número cuarenta representa un tiempo de preparación para la culminación de cualquier elevado esfuerzo espiritual. Lo que en este período preparatorio se obtiene actualmente, depende del esfuerzo realizado por el ego. En rarísimos casos puede completarse la preparación en sólo cuarenta días. Puede ocupar cuarenta años y, en algunos casos, hasta cuarenta encarnaciones.

 

Para los primeros Iniciados en los Misterios Cristianos, la Cuaresma no era tan sólo un período de cuarenta días de ayuno parcial y oraciones dominicales como hoy lo son para la Iglesia. Era un extenso período de probación, que comenzaba con la entrada del sol en Capricornio por Navidad y continuaba durante los siguientes meses, mientras el sol pasaba por Acuario y Piscis y entraba en Aries, el signo de los nuevos comienzos, en que la vida sube a lo alto con el Milagro de la Resurrección.

 

Los principales acontecimientos de la vida de Cristo Jesús, desde la Anunciación a la Ascensión, configuran el Sendero de Iniciación que ha sido dado a todos los pueblos y a todas las razas, por medio de las distintas religiones del mundo.

 

Es por ello por lo que muchos ocultistas dicen que la historia de Cristo, tal y como se relata en los Evangelios,  es un mito que hay que leer alegóricamente y que no es histórica, sino el símbolo de ese sendero de perfección que toda la Humanidad acabará recorriendo. Esta interpretación, sin embargo, olvida a la Suprema Luz del Cristianismo Esotérico, al glorioso ser arcangélico, al Señor Cristo que, ya en aquel remotísimo pasado, rico en eones, que comprende el Segundo Día de la Creación y designado en la terminología oculta como período Solar, se consagró a Sí mismo como guardián de nuestro planeta Tierra; y que, cumplido el tiempo descendió a nuestra esfera planetaria para tomar, El mismo, una forma humana en la persona del Maestro Jesús, encarnación que tuvo lugar en el momento de Su Bautismo, cuando la voz de lo alto proclamó: “Este es mi amado Hijo en el que me complazco”.

 

Además de que la vida de Cristo reproduce las experiencias de los primitivos Maestros del Mundo y las etapas iniciáticas procedentes de los antiguos Misterios, Él, no solo añadió a todo lo antiguo un significado más profundo, sino que lo llevó a cabo en el plano histórico, para que el mundo lo vea y lo contemple. Por eso los Misterios Crísticos constituyen la suprema consecución a alcanzar mediante el desarrollo futuro de la Humanidad.

 

Así como la suma del trabajo realizado durante la época del Adviento consistía en tres Grados: la Anunciación, La Inmaculada Concepción y el Santo Nacimiento, el trabajo realizado durante la Cuaresma consiste también en tres Grados: Getsemaní, el Juicio y la Crucifixión.

 

En los tres Grados que preparan al candidato para los Misterios Pascuales, el trabajo es difícil y la autodisciplina dura, ya que se dirigen al desarrollo y expresión de una voluntad firme y concentrada.  Dedica, pues, todo el poder de su voluntad y resuelve utilizar toda la fortaleza de que dispone, para realizar con éxito el trabajo exigido. Y entonces es cuando aprende, en verdad y de hecho, lo que significa “caminar a solas”.

 

El propósito de los Misterios Pascuales consiste en iniciar al hombre en el estado de inmortalidad consciente y hacerle capaz de conseguir la liberación del cuerpo físico, no solamente durante las horas de sueño ni entre vidas terrenas sino en cualquier momento que desee, para convertirse así en un Auxiliar Invisible consciente, cuantas veces sea requerido, tanto en este plano como en los del espíritu. El alcanzar esta meta entraña una preparación ardua y difícil.

 

El rito de Getsemaní exige una vida de pureza e inegoísmo. El ceremonial del miércoles de ceniza, que marca el comienzo de la Cuaresma, incluye la colocación de las cenizas de contrición sobre la cabeza del penitente arrodillado. El acto simboliza la dedicación e inegoísmo supremos, necesarios para que el candidato pueda pasar al Grado conocido como Getsemaní.

 

En el Primer Grado o Getsemaní, El Sendero se estrecha y se hace tan inclinado como el tejado de un campanario, sin nada a la vista salvo la cruz que lo corona.

 

Toda la pureza, todo el amor y toda la fe que se han ido incorporando al alma durante la preparación para recibir los Misterios Crísticos deben ser puestos entonces en juego, junto con la fortaleza y firmeza de propósito que han crecido en su interior durante la presente época de Cuaresma.

 

 

1- Llegaron a un lugar llamado Getsemaní y Jesús dijo a sus discípulos: Sentaos aquí y orad  para no entrar en la prueba.  Tomando consigo a Pedro, Santiago y Juan, comenzó a sentir  temor y angustia, y les decía: Triste está mi alma hasta la muerte; permaneced aquí y velad.  Adelantándose un poco, cayó en tierra y oraba que, si era posible, pasase de él aquella hora. Decía: Abba, Padre, todo te es posible, aleja de mí este cáliz; más no  sea lo que yo quiero, sino lo que tú quieras.  Se le apareció un mensajero del cielo que le confortaba. Lleno de angustia, oraba con más instancia, y sudó como gruesas gotas de sangre, que corrían hasta la tierra. (Lucas XXII, 39-44-Marcos XIV.32-36  Mateo XXVI, 36-39).-         

 

  2- Al llegar a la montaña del dolor y de la traición, Jesús divide a los suyos en tres grupos. A los primeros, los deja sentados, diciéndoles que rueguen. Toma consigo a Pedro,  Santiago  y Juan, los dos hermanos y los sitúa un poco más lejos, pidiéndoles que velen, mientras él se aleja aún más para orar y pedir al Padre que, de ser posible, alejara de él, el cáliz amargo que debía beber.  Los sentados, los que velan y el maestro solitario: así han de situarse nuestras fuerzas espirituales en la hora final. Jesús lo dispuso así para que no cayeran todos en la misma emboscada que iban a tenderles los hombres de la Sinagoga. Si el Maestro ha de ser aprisionado, si ha de fundirse en las tinieblas para que en ellas pueda penetrar la luz, es preciso que sus discípulos permanezcan para testimoniar de su obra.

 

El Rito de la Agonía en el Huerto podría denominarse, con propiedad, el Rito de la Transmutación.  La agonía de Cristo la produjo cuando hizo el esfuerzo por reducir, a las condiciones limitadoras de la Tierra, su elevada tasa vibratoria, con el fin de convertirse en el Espíritu Planetario Interno de la misma.  Cuando se abrió a Sí mismo al ritmo terreno, todas las poderosas, siniestras y abundantes corrientes del mal, existentes en nuestro mundo, se precipitaron hacia Él.  Y Él, no solo sintió su peso abrumador, sino que vio, en caleidoscópica visión, su origen y su propósito. Las debilidades, caídas y caprichos de la Humanidad le abrasaron como llamas, al tiempo que la voracidad, el egoísmo y el odio gravitaron sobre Él como cargas muy pesadas. El dolor, la angustia y el sufrimiento causados por las malas acciones de los hombres le hirieron hasta lo más profundo de Su dulce y compasivo corazón.

 

El límite de la agonía, incluso para un arcángel, se precipitó sobre Él cuando pasaron ante Su visión las imágenes del futuro, y vio cuán pocos, de entre las inmensas multitudes que constituyen la Humanidad, reconocerían el verdadero significado de Su venida y el objetivo real al que apuntaba. Contempló con profundo dolor cómo el oscuro velo del materialismo cegaría al mundo moderno así como la falta de discernimiento, intranquilidad y temor.  La ceguera y la ignorancia de las masas en cuanto a Su misión, la cristalización y la cada vez más estrecha comprensión por parte de los que, inicialmente, habían sido concebidos como canales dedicados a Su servicio, hicieron culminar Su Rito de la Agonía con esta súplica: “Padre, si es posible, aleja de mí este cáliz, pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.  Y recibió esas fuerzas en su interior con el fin de elaborar las corrientes del mal alquímicamente e irradiarlas de nuevo al mundo, transmutadas en fuerzas de rectitud. Tal es siempre el trabajo de los redentores de los hombres, sean de la naturaleza del Salvador del mundo o sean de categoría inferior, pero que dedican sus vidas al amante y desinteresado servicio de los demás. El Maestro había confiado en que sus tres discípulos más avanzados, Pedro, Santiago y Juan le asistiesen en su Rito de transmutación.  Pero, dado que aún no eran lo suficientemente puros e inegoístas, “se durmieron”, o sea, permanecieron interiormente ajenos al trabajo que se estaba llevando a cabo en el Jardín del Dolor. Getsemaní estaba en el Monte de Olivos porque, como se ha dicho ya, era el Lugar, en toda la Tierra, cargado de más elevada espiritualidad. Era el punto más indicado para que la agonía redentora pudiera ser soportada y consumada.

 

El hecho de que la Tierra posea áreas en donde las fuerzas espirituales estén más fuertemente enfocadas y resulten más elevadamente cargadas, se corresponde con el de que el cuerpo humano posea centros localizados de percepción, tanto espirituales como físicos. Lo que Cristo realizó en el divinamente influenciado Jardín de Getsemaní, bajo los aleteos de ángeles y arcángeles, posee una inmensa importancia para toda la Humanidad; Marca el momento en que la evolución planetaria, en su conjunto, recibió un nuevo y poderoso impulso, destinado a conducirla a otra etapa en su siempre ascendente marcha.

 

Pedro experimentó este Rito de la Agonía tras su triple negación, cuando lleno, de contrición, regresó al Jardín y enfrentó allí su propio Getsemaní.  Allí, en aquel lugar altamente cargado y en comunión con huestes invisibles, Pedro, mediante el arrepentimiento y la purificación de su corazón, elevó su conciencia tan alto que ello le permitió estar luego preparado y recibir ayuda para la elevada Iniciación que le esperaba en el intervalo entre la Resurrección y la Ascensión.

 

Juan, el amado, y María, la santa Virgen, hicieron frecuentes peregrinajes al Monte de los Olivos, vibrante de poder espiritual, cuando el Maestro ya no caminaba a su lado en cuerpo físico.  Allí, las puertas del cielo se abrían y los ángeles y arcángeles bajaban a comunicarse con los hombres. Las leyendas místicas de la iglesia primitiva contienen muchas referencias a las reuniones celebradas por María con los discípulos en el Jardín de los Olivos, reuniones relacionadas siempre con algún aspecto del trabajo de Transmutación. El olivo posee raras propiedades ocultas y es uno de los árboles frutales más altamente sensibilizados.

 

Crece en áreas especialmente favorecidas. Se encuentra entre los pioneros del reino vegetal y, a lo largo de las edades, se le ha asociado con la curación y la regeneración, cualidades éstas inseparablemente unidas al proceso de transmutación.  Por eso hay otras leyendas que aseguran, que, tanto la cruz como la corona de espinas, símbolo de la consecución que sigue al proceso de Transmutación, estaban hechas de madera de olivo.

 

 7 Dice la crónica que le apareció a Jesús un mensajero del cielo para confortarlo. Esto es para decirnos que en esta hora difícil recibiremos consuelo del cielo. No estaremos solos en el momento del supremo sacrificio.  Supremo, puesto que nos identificamos con nuestros deseos, y sacrificarlos significa realmente comernos nuestro documento de identidad. El cielo nos acompañará en este trance. En los momentos cruciales de nuestra existencia, como pueden serlo el nacimiento y  muerte, los habitantes de las otras esferas se nos manifiestan. El niño que nace ve a veces durante años, a los habitantes del mundo que acaba de dejar.  Lo mismo ocurre con el que muere, que, junto con sus familiares muertos, ve aparecérsele ángeles que lo acompañan.  Jesús fue seguido a lo largo de su ministerio por una cohorte de arcángeles.  Pero aquí los cronistas se refieren a ellos para que sepa el peregrino que él también dispondrá del consuelo de los de arriba cuando decida  sacrificar su cuerpo de deseos para fundirlo en el cuerpo universal, poniendo a la disposición de todos los hombres los contenidos sublimes y renunciando a ejercer la voluntad encerrada en ese cuerpo y que le daba una vida autónoma, para someternos a la voluntad del padre, del Ego y ser uno con Él.

 


 

2do. Grado  “EL JUICIO 

 

En el Grado del Juicio, las pruebas que el candidato ha de superar están de acuerdo con su status espiritual. Cuanto más avanza uno en el Sendero, tanto más sutiles y penetrantes son las pruebas. Ninguna podría compararse en severidad con las sufridas por Cristo Jesús, ya que nadie posee Su fortaleza y Su poder espirituales. 

 

Una vez más, en el grado del Juicio, el candidato comprueba la inmensa importancia de su largo entrenamiento en el inegoísmo. Si no se ha realizado apropiadamente el trabajo preparatorio, no se tendrá éxito al pretender pasar este importante Grado. Pocos han sido capaces de caminar a lo largo de su largo y estrecho sendero. En un inspirado manual se dice, al referirse a este elevado trabajo: “Antes de que los oídos puedan oír, han de haber perdido su sensibilidad.  Antes de que la lengua pueda hablar en presencia del Maestro, ha de haber perdido su poder de herir; antes de que los pies puedan permanecer en presencia del Maestro, han de haber sido lavados con la sangre del corazón”.

 

 

16 Llegada la mañana, todos los príncipes de los sacerdotes y ancianos del pueblo tuvieron consejo contra Jesús para quitarle la vida; y atado le llevaron y le entregaron al  gobernador Pilatos  ¿Qué acusación traéis contra ese hombre? les dijo.  Ellos respondieron: Si no fuera un malhechor, no te lo traeríamos.  Díjoles Pilatos: Tomadles vosotros y juzgadles según vuestra ley. Le dijeron entonces los judíos: Es que a nosotros no nos es permitido dar muerte a nadie. Para que se cumpliese la palabra que Jesús había dicho, significando de que de muerte había de morir. Entró de nuevo Pilatos en el pretorio y, llamando a Jesús, le dijo: ¿Eres tú el rey de los judíos?  Respondió Jesús: ¿Dices eso de ti mismo o te lo han dicho otros de mí? Pilatos contestó: ¿Soy yo judío por ventura? Tu nación y los pontífices te han entregado a mí. ¿Que has hecho? Jesús respondió: Mi reino no es de este mundo; si de este mundo fuera mi reino, mis ministros habrían luchado para que no fuese entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí.  Le dijo entonces Pilatos: Luego, ¿tú eres rey? Respondió Jesús Tú lo dices. Yo, para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz.  Pilatos le dijo: ¿Y qué es la verdad? Y dicho esto, de nuevo salió a los judíos y les dijo: Yo no hallo en éste ningún delito. Hay entre vosotros costumbre de que os suelten a  uno en la Pascua: ¿Queréis pues que os suelte al rey de los judíos? Entonces de nuevo gritaron diciendo: ¡No a éste, sino a Barrabás! Era Barrabás un bandido. (Juan XVII, 28-40).

 

 17  Comienza aquí la mañana de aquel viernes.  El Sol se levanta tras esa larga noche en la que tantos y tan importantes acontecimientos suceden. En nuestra historia interna, vemos como dos fuerzas espirituales se enfrentan: la antigua, instituida, jerarquizada, poderosa, y la nueva, totalmente desamparada porque no quiere utilizar sus poderes.  La antigua está dispuesta a dar muerte a la espiritualidad emanante, porque sabe que si no la mata, acabará proclamándose rey de nuestra vida y será la vieja espiritualidad la que morirá.  La nueva espiritualidad, por su parte, no piensa defenderse, porque sabe que ese mundo que proclama no puede ser instituido por la simple palabra, sino que tiene que nacer en la tierra, tiene que encarnarse en los átomos que forman nuestra carne y, para ello, su sustancia, su sangre, tiene que mezclarse con los componentes materiales de nuestro mundo para que éstos, al encarnarnos, nos transmitan el soporte básico de la nueva espiritualidad, de manera que cuando la voz de Cristo aparezca en lo alto de nuestra mente, encuentre en nosotros un cuerpo físico preparado para  obedecer sus mandatos y no un cuerpo cuya dinámica es hostil a la nueva espiritualidad.

 

El Juicio marca un punto crítico en el Sendero. El candidato, hasta ese momento, ha ido desarrollando poderes que exceden con mucho a los normales del individuo medio. La tentación que ahora se le presenta es la de si empleará esos poderes para la consecución de sus ambiciones personales o para el beneficio y bendición de sus hermanos los hombres.  Cristo vino como indicador del Camino a toda la Humanidad. Y experimentó personalmente cada una de las etapas o Grados por los que el candidato ha de pasar a lo largo del mismo.

 

¿Cómo se enfrentó Cristo a esta prueba? Durante el juicio ante Pilatos, rodeado por una multitud enardecida que vociferaba epítetos llenos de odio y clamaba por su crucifixión, tenía entre sus Poderes el de convocar legiones de ángeles para su liberación, pero no hizo uso de tal poder. No se salvó a sí mismo, sino que se ofreció a Sí mismo como un sacrificio viviente por todo el mundo. Pocos, incluso ahora, comprenden este sacrificio en su significado cósmico y universal. Incluso Sus discípulos, en aquel momento, tenían un pobre concepto de la vasta misión que venía a cumplir.  Ellos pensaban que se iba a sentar en un trono en Jerusalén y hacerse rey de toda la tierra. No comprendían que había de convertirse en el Regente Interior de esta Tierra y que Su reinado no podrá manifestarse plenamente hasta que una gran parte de la Humanidad haya llegado a vivir de acuerdo con la idea que El encarnó y con los preceptos que estableció. En el corazón de ese ideal y de esas enseñanzas está el servicio con sacrificio, basado en un amor desinteresado por cada uno y por todos.  Al contrario de lo que indican algunas corrientes de enseñanzas populares, el Sendero del verdadero desarrollo espiritual no consiste en atraer hacia uno mismo el máximo de bienes terrenales, sino en la realización de la verdad  que “el amor y el servicio desinteresado al prójimo son el camino más corto, el más seguro y el más gozoso hacia Dios”.

 

La bendita María, acompañada por otros de los discípulos femeninos del Maestro, se mezclaron entre la excitada y turbulenta muchedumbre que acompañó al Maestro durante el así llamado Juicio, que no fue sino una parodia con el nombre de justicia.  Exteriormente aquellas santas mujeres aparecían tranquilas y sosegadas, en acusado contraste con el perturbado gentío que se arremolinaba a su alrededor.  Interiormente, estaban realizando el trabajo que sabían hubiera complacido más al Maestro, y enviaban grandes corrientes de amor para aliviar y calmar a las tumultuosas e iracundas multitudes, al tiempo que oraban fervientemente para que su ignorancia y ceguera les fuera perdonadas.                

 

Hay un significado profundo en el hecho que, camino al Gólgota, Cristo encontrase a Su madre y a las otras santas mujeres.  Quiere decir que las mujeres estaban interiormente desgarradas de congoja por las inhumanas indignidades y las torturas infligidas al bendito Maestro.  Sabiéndolo, Cristo derramó sobre ellas Su divina compasión y las envolvió en la amante ternura de Su gran corazón. De este modo quedaron restablecidas y fortificadas, hasta el punto que fueron capaces de resistir la prueba hasta el final.

 

 

3er. Grado:   LA CRUCIFIXIÓN

    

El último o Tercer Grado que conduce a la liberación, es el de la Crucifixión.

 

En este grado, el candidato se encuentra frente a uno de los más sagrados Misterios, y que ha de permanecer por siempre sellado para el profano. Su significado secreto puede sólo ser aludido brevemente aquí; su propósito interno y verdadero sólo puede ser revelado a aquellos que buscan y encuentran la luz en su propio interior, esa llama del gran amor blanco que excede a toda comprensión.

 

11 Jesús, llevando su cruz, llega a un lugar llamado Cráneo, en hebreo Gólgota. Es allí que fue crucificado y otros dos con él, uno de cada lado y Jesús en medio (Juan XIX, 17-18).  Lucas y Marcos precisan que se trataba de dos malhechores y que el de la izquierda, estando ya en la cruz, le decía, injuriándolo ¿no eres tú el Cristo? ¡Sálvate y sálvanos!  Pero el otro le  reprendía,  diciéndole: ¿No temes a Dios tú que sufres la misma condena? Para nosotros, es justicia, ya que recibimos lo que hemos merecido por nuestros crímenes; pero él no ha hecho ningún mal.  Y le dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.  Jesús le respondió: En verdad te digo hoy, estarás conmigo en el Paraíso. (Lucas XXII, 33-43).

 

Ese itinerario que va de la ciudad hacia el monte del cráneo señala el camino de nuestra propia Transmutación. Ese camino, que en la tradición exotérica tiene las doce estaciones del Vía Crucis, tiene, en la tradición esotérica, treinta y tres estaciones, una para cada uno de los treinta y tres huesos que forman nuestra columna vertebral, desde el coxis hasta el cráneo. La fuerza crística tiene que recorrer esos treinta y tres peldaños, empezando por el más bajo y regenerar la Vida que emana de cada uno de ellos, o sea las corrientes que a través de los nervios y los músculos se desparraman por todo el cuerpo, partiendo de la columna vertebral. A medida que la fuerza crística asciende por esos senderos, se produce un relevo en las fuerzas que ocupan nuestros vacíos internos y cuando los arcángeles de Cristo han tomado los puestos en que actuaban antes los ángeles de Jehová. Cristo se encuentra en el Gólgota, en el cráneo y ya puede morir.  Ha cumplido su misión de redimensionar nuestro mundo interno y ya puede derramar sus esencias purificadoras sobre los demás, sobre el mundo exterior, para que la personalidad crística pueda nacer en todos.

 

Cristo, el supremo Iniciador, declaró: “Si quieres ser mi discípulo, toma tu cruz  y sígueme”.  No hay otro camino. Aquí, ciertamente, el camino se hace estrecho y el candidato se da cuenta de que no hay otro agarradero que la cruz.  No son pocos los que, llegados a este punto del Sendero de Santidad, retroceden por no ser capaces de enfrentarse a la severidad de esta última prueba.  El ser clavado en la cruz y luego elevado en ella, frente a una multitud escarnecedora, requiere la renuncia a cualquier lazo personal que pudiera impedir una completa sintonía con la voluntad divina. Traducida a términos familiares en la experiencia del discípulo, el Rito de la Crucifixión representa la  capacidad de afrontar impávidamente los malentendidos, el ridículo, la persecución, no sólo de la gente en general, sino especialmente de los más próximos y más queridos.

 

Supone la capacidad de renunciar a la posición, la fortuna y el prestigio. Supone la pérdida, si es preciso, de posesiones, amigos, reputación e, incluso, la vida misma.  Todas las cosas deben ir desapareciendo hasta que sólo quede la realización espiritual.  Entonces comprende el candidato lo que el Maestro quería decir cuando dijo que, el que quisiera ser Su discípulo, debería tomar la cruz y seguirle. San Francisco de Asís había alcanzado este punto del Sendero cuando recibió la inspiración para componer esa sublime oración que no ha dejado desde entonces de ser utilizada por innumerables almas, deseosas de vivir más plenamente, a la manera del supremo ejemplo para el mundo, el propio Cristo: “Haz Señor de mí un instrumento de tu paz “.......

 

Los estigmas en las manos, pies y cabeza están en la misma posición relativa que los extremos de la estrella de cinco puntas.  Los cinco clavos son los cinco sentidos, que atan al espíritu a la cruz del cuerpo físico.  Platón dice: “Cada placer y cada dolor son una especie de clavo que une el alma al cuerpo”.  El espíritu está muy íntimamente ligado a la forma por los cinco sentidos y, en esos puntos, el poder del fuego espiritual ha de ser muy potente.  La “extracción de los clavos” de esos puntos, produce las cinco llagas sagradas. El padecimiento se produce por el ascenso del fuego creador a lo largo del triple cordón espinal.  Cuando ha ascendido durante cierto tiempo, Neptuno enciende el fuego espinal espiritual. Este fuego hace vibrar las glándulas pineal y pituitaria en la cabeza y, cuando la onda vibratoria golpea el seno frontal, despierta a la vida los nervios craneales o Corona de Espinas. Más tarde, la Corona de Espinas se convierte en un halo luminoso, y la túnica escarlata se transforma en otra de púrpura real.

 

Cuando el espíritu de Cristo quedó liberado del cuerpo de Jesús y pasó al centro de la Tierra, su alma inmensa empapó el globo entero de un incomparable brillo, tan intenso que la luz del sol a su lado pareció oscura.

 

Cada sacrificio comporta su compensación espiritual. Todo hombre que muere en el campo de batalla, por cualquier causa que considera más importante que él mismo, renace en un nivel superior de conciencia. El status evolutivo del ego avanza cuando la sangre, que es su vehículo directo, se limpia de impurezas fluyendo del cuerpo en el momento de morir. Todo ego, durante sus amplísimos ciclos de peregrinaje terrenal, vive, por lo menos, una vida en la que el espíritu abandona el cuerpo mientras la sangre fluye. Cristo, mediante Su sacrificio en la cruz, fue elevado a las Grandes Iniciaciones que pertenecen al Reino del Padre.

 

El candidato victorioso, que sigue a Cristo hasta el final del camino, llega a la Gloria de la Gran Liberación. Entonces es ya libre de pasar, a voluntad, del plano físico a los reinos espirituales. La Corona de Espinas se convierte en un halo de luz, ya que ha conquistado el más grande de los dones de la vida: La inmortalidad consciente. Pasando triunfalmente a los planos internos, se une a las blancas multitudes que rodean a Cristo y que elevan sus voces entonando el eco de las palabras pronunciadas por el Maestro en el momento de su Gran Liberación: “¡Dios mío, Dios mío, cómo me has glorificado!”. El victorioso, pues, conoce entonces toda la gloria de la alborada de su propia resurrección. La bendita Virgen caminó con Cristo a lo largo de todo el Sendero y permaneció al pie de la cruz hasta el fin.  Esto significa que había experimentado todas y cada una de las etapas del Sendero de la Iniciación y esperaba la Gran Liberación con el Señor. Muchos discípulos siguieron el Sendero de la Cruz, pero sólo durante parte del camino; algunos no se aventuraron siquiera; Pedro, uno de los más avanzados entre los discípulos, lo negó y lo siguió “de lejos”. La bendita María permaneció llena de fe hasta el final. Ella se convirtió en el discípulo femenino más avanzado de Cristo y así se hizo Maestro y líder de los demás. Fue entre sus amorosos brazos donde el cuerpo maltrecho encontró abrigo a su descenso de la cruz.  Por su fortaleza y fe, su sublime coraje y divino amor, suya es la más brillante corona conferida por las huestes angélicas. 

 

 

Algunas reflexiones para la vida diaria

 

El Cristianismo, como doctrina, tiene sus bases en la palabra de Jesús, que se condensa en la brevedad de su estancia como Maestro; sin embargo es intemporal y válida para todos los tiempos. Han sido los representantes legales de dicha doctrina quienes han dado forma material a los simbolismos en ella contenidos, procurando, sin duda, que tales interpretaciones fuesen adecuadas al nivel espiritual, es decir a la capacidad de comprensión del hombre en cada momento.

 

La muerte de la cruz encierra un simbolismo conocido por nuestros antepasados, pero desvirtuado por el hombre moderno. Morir en la cruz no contiene, en su más pura esencia, connotaciones de dolor y de muerte, sino un significado mucho más profundo que eleva al crucificado a la categoría de Hombre - Dios.

 

Cristo, emanación de la Divinidad, es el impulso motor que acelera toda la Creación hacia nuevos niveles de conciencia. Cristo es algo intemporal, eterno, y no un suceso histórico que pueda circunscribirse a una época y a un lugar. Lo cristíco acciona todo el Universo y, como fuerza causal que es, existe desde el origen.

 

Cristo se humaniza para hacerse no solamente evidente, sino accesible al Hombre; su manifestación es un hecho relativamente reciente. Las Jerarquías eclesiásticas de los primeros siglos dieron al mundo creyente un símbolo de FÉ sustentada en el dolor y la muerte, la imagen de Cristo en la cruz con el dolor tanto en el rostro como en las heridas, reflejo de la crucifixión como suplicio.

 

La cruz no puede ser –no lo fue nunca– sinónimo de dolor y de muerte, sino de victoria de final de un proceso evolutivo por el que el hombre ha desarrollado todos sus vehículos o cuerpos, hasta conseguir la plena armonía, integrándose con el cosmos. De esta manera, aquel Jesús en la cruz apuntando a los cuatro puntos cardinales estaría hablándonos de su victoria, de su culminación y nos estaría diciendo también que ése es el camino, o tal vez, el punto final del camino:”Aquel que quiera venir en pos de mi, tome su cruz y me siga”.

 

Por ello “tomar la cruz” se convierte en la clave definitiva para el final y quien no disponga de esa clave, no podrá traspasar el umbral. Cristo desde la cruz está diciendo que “tomar la cruz” no es una frase mágica para abrir puertas, ni tampoco el suplicio de una muerte cruenta..., ”tomar la cruz” es asumir una tarea que transforma al hombre convencional, incompleto, en hombre perfecto, aquel que ha desarrollado todas sus partes constituyentes hasta conseguir una Unidad; aquel que, sintiéndose parte de una conciencia suprema que llamamos Dios, es capaz de sentir, pensar y hacer desde esa comprensión.

 

Pocos mensajes crísticos han sido peor entendidos que el de la cruz. La creencia, generalmente difundida, apunta hacia la necesidad del sufrimiento sin límites para acercarse a lo divino, generando, así, un rechazo en el inconsciente de los creyentes por temor a ese dolor. De este modo se ha cimentado una barrera entre Jesucristo, abnegado y valiente, y el Hombre débil e impotente ante la altura de la cruz. Asumir la cruz de cada uno no significa, necesariamente, dolor alguno, sino una disposición responsable para vivir conscientemente, para descubrirse a sí mismo, para desarrollar los talentos individuales, para establecer el equilibrio en el interior.

 

Asumir la cruz es comprometerse  seriamente con uno mismo para que el mandato de San Pablo, “sed perfecto como Dios”, se cumpla. Asumir la cruz es asumir el papel que nos corresponde interpretar: es asumir la propia vida. Esa es la clave del punto final y todos nos “crucificaremos” un día en un acto que nada tiene de cruento ni de doloroso, sino de triunfo. Ese será el día en que, conscientes de nuestra propia identidad y de nuestra función como órganos del cuerpo de la Divinidad, asumamos responsablemente el compromiso de vivir la vida que tenemos entre las manos y que por momentos nos parece insignificante o injusta.

 

Pero la actividad funcional del Hombre es algo profundamente arraigado en el inconsciente y su descubrimiento, lento y difícil, hace desistir a la mayoría ante el primer intento. Aflorar al consciente los “talentos” individuales – aquellas cualidades exclusivas del ser, es un trabajo de auto descubrimiento largo y tenaz, difícil de hacer frente aunque se reconozca como el camino necesario para elevarse, para trascender a otro nivel, o para “salvarse”.

 

Ese trabajo lo realizó Jesús tomando su cruz, pero, ¿es el hombre común capaz de  imitarlo, aceptando su  invitación de que “...tome su cruz y me siga”? Evidentemente no, y ello porque quizá ese hombre común – que somos todos – no sabe cómo hacerlo al estar limitada su comprensión. Y mientras su conciencia despierta, Jesús tiene que morir una  y otra vez en la cruz en una repetición constante que evoca en el exterior la experiencia interna que el hombre no realiza.

 

Vivimos, así, en una especie de letargo espiritual en el que la lección final del Cristianismo queda aplazada. ”Crucificarse” exige esfuerzo humano y compromiso que cualquiera prefiere eludirlos.

 

El hombre fue hecho semejante a Dios y eso quiere decir que es Dios en potencia, pero mientras ese Hombre no tome conciencia del hecho irrefutable de su condición divina, no será sino un “proyecto” no realizado, un hombre convencional, pero no el Hombre-Dios del que hablaba San Pablo. “Morir” en la cruz es el paso definitivo hacia esa transformación y nada tiene que ver con el dolor, ni con el pecado, ni con la misma muerte.

 

Hemos llegado al nadir de la materia y por nuestro bien fue necesario que Cristo entrara en la Tierra para ayudarnos a nosotros desde adentro.  Por amor a nosotros está ahora gimiendo y sufriendo, esperando la manifestación de los hijos de Dios; Cristo no dijo en ningún momento, que habiendo tomado Él la cruz, todos quedásemos liberados de ese trance. Depende de nuestra conducta el precipitar o retardar el día de su liberación. Cada acto nuestro tiene algún efecto en este sentido; cada uno de nosotros tiene su trabajo determinado que hacer en el mundo y cuanto antes lo aprendamos a hacer mejor será para nosotros mismos. No debemos embarcarnos a la otra parte del globo para buscar a Cristo, porque a Cristo no le encontraremos allí. Él mismo nos dejó dicho: “No vayáis en mi busca al desierto”. No debemos buscarle en semejantes lugares; Cristo debe formarse dentro de nosotros.-

 

 

“QUE LAS ROSAS FLOREZCAN SOBRE VUESTRA CRUZ”